12.25.2008
La otra
Una en mí maté:
yo no la amaba.
Era la flor llameando
del cactus de montaña;
era aridez y fuego;
nunca se refrescaba.
Piedra y cielo tenía
a pies y a espaldas
y no bajaba nunca
a buscar «ojos de agua».
Donde hacía su siesta,
las hierbas se enroscaban
de aliento de su boca
y brasa de su cara.
En rápidas resinas
se endurecía su habla,
por no caer en linda
presa soltada.
Doblarse no sabía
la planta de montaña,
y al costado de ella,
yo me doblaba...
La dejé que muriese,
robándole mi entraña.
Se acabó como el águila
que no es alimentada.
Sosegó el aletazo,
se dobló, lacia,
y me cayó a la mano
su pavesa acabada...
Por ella todavía
me gimen sus hermanas,
y las gredas de fuego
al pasar me desgarran.
Cruzando yo les digo:
-Buscad por las quebradas
y haced con las arcillas
otra águila abrasada.
Si no podéis, entonces,
¡ay! , olvidadla.
Yo la maté. ¡Vosotras
también matadla!
yo no la amaba.
Era la flor llameando
del cactus de montaña;
era aridez y fuego;
nunca se refrescaba.
Piedra y cielo tenía
a pies y a espaldas
y no bajaba nunca
a buscar «ojos de agua».
Donde hacía su siesta,
las hierbas se enroscaban
de aliento de su boca
y brasa de su cara.
En rápidas resinas
se endurecía su habla,
por no caer en linda
presa soltada.
Doblarse no sabía
la planta de montaña,
y al costado de ella,
yo me doblaba...
La dejé que muriese,
robándole mi entraña.
Se acabó como el águila
que no es alimentada.
Sosegó el aletazo,
se dobló, lacia,
y me cayó a la mano
su pavesa acabada...
Por ella todavía
me gimen sus hermanas,
y las gredas de fuego
al pasar me desgarran.
Cruzando yo les digo:
-Buscad por las quebradas
y haced con las arcillas
otra águila abrasada.
Si no podéis, entonces,
¡ay! , olvidadla.
Yo la maté. ¡Vosotras
también matadla!
Triste navidad
Qué triste navidad sin tu cariño
qué amarga soledad, tú ya no estás
tan solo los fantasmas del recuerdo
me acompañan en mi triste navidad
qué amarga soledad, tú ya no estás
tan solo los fantasmas del recuerdo
me acompañan en mi triste navidad
11.17.2008
Miércoles en la alameda

Miércoles en la alameda
Por: Daniel Zavala
Por: Daniel Zavala
- Antesala al inevitable momento dorado que mi vida exige, que anuncia la muerte de este espacio y el inicio del nuevo-
Faltan cinco minutos y serán las 6 de la mañana. Hora de mi amanecer. Mis pies ya no responden, se niegan a seguir caminando, el frío del alba los inmoviliza y sin sentirlos me llevan a sentarme en la orilla de esa estructura que se supone debería ser una fuente, que el salitre y la basura se han encargado en convertir en un obra más dentro del paisaje urbano. Formo parte de ese paisaje, como lo forman mis brazos, mis piernas. Soy joven, apenas llego a los 21, y si me vieran sentado ahí pensarían que soy un chico promedio, uno más de la ciudad. Reviso mis bolsillos y ahí está, ese tesoro que guardé durante toda la noche. Un cigarro. La cereza del pastel, la nota final que cierra sublime la canción, el beso que anuncia y amaga el dolor de la despedida. De mi boca se desprende lentamente el humo de ese tabaco en una expresión de serenidad, y descanso sin prisa ni nostalgia entre el ambiente del cotidiano amanecer. Ante mis ojos se pasean presurosos los empleados del gobierno, los corredores mañaneros y los estudiantes, entre los cuales debería estar yo; circulan a vuelta de rueda los autos, todo cobra vida, se manifiesta y el ruido invade mis oídos. Y ese pasillo que anoche fue mi recorrido, que fue tierra y fue oscuridad ahora está cubierto de puestos, de chicharrones, de quesadillas y tacos, de baratijas que tienen alta demanda y todo cobra una vida diferente.
Disfruto entonces del frío que acaricia mi piel, que mueve mis huesos, que me hace temblar. Apenas una ligera playera cubre mi cuerpo, es mi ropa común, como al de cualquier otra persona. Muero de frío, pero disfruto de la calma, de la saciante emoción de no tener que ir a ningún lugar. Disfruto pues del paisaje en el que estoy inmerso, de ese ciclo constante que cobra vida, que muere y renace en un mismo momento, todo está ocurriendo ahí y me incluyo en él. Es un amanecer en la capital mexicana, en el parque de la alameda. Y podría ser cualquier otro lugar del globo de no ser porque estoy yo impregnado ahí, está la esencia de mi existir, la huella de mis palabras y movimientos y su efecto. Es un amanecer, pues, en mi corazón. Es el preciso momento en el que en el horizonte se asoma diminuto el rayo del sol, calienta mi cuerpo y mi mente, me hace revivir. Ahora todo tiene sentido. Todo gira y se mueve, siguiendo ese constante cambio, y se convierte en infinito como un círculo.
Retumban en mi oído los ruidos de mi estómago, reclamándome por abandonarlo y sacrificarlo. Los dientes se rebelan y me exigen moverme, como no obedezco se alteran y chocan entre ellos. Perdón. Es parte del ciclo, subir y bajar, errar y acertar, amar y perdonar, vivir, morir y renacer. Y hoy renací. Estoy en paz conmigo, porque no sólo el hambre o el frío provocan movimiento, también el perdón y el porvenir lo hacen y hacen abrir los ojos y caminar, dirigir la mente y el cuerpo como un rayo, a un objetivo preciso. Procedo a relatar el fin e inicio de un ciclo a causa de una noche de densas experiencias corporales y subjetivas que hicieron que los párpados de mi alma se movieran para dejarme ver lo que en mi ser parecía ya muerto. Hoy renací, porque como todo, yo también soy ciclo.
PARTE I
Surgí de la noche. De eso estoy bien seguro. La luna me hace cosquillas, me despierta el hambre de comerme el mundo, de abrazarlo y que se tatúe en mi cuerpo. Entró por mi cuerpo la curiosidad, esa que me acompañó en los solitarios días de mi niñez y que ahora me produce una insaciable atracción por la incertidumbre, por lo desconocido. Mis maneras me han convertido en aventurero y me conducen a lo inesperado. Salí seguramente de alguno de los edificios del centro histórico para perderme entre la multitud de sombras que deambulan por la ciudad.
El recorrido comenzó el martes a las 11 en punto. Hora perfecta para salir. El escenario lo adornaban las luces de la plaza garibaldi. Contrastaban en ella la naranjada iluminación y las sombras que todos ahí cargábamos. Sonaban los violines, las trompetas, las guitarras y mi ahogado grito por un poco de diversión. Adornaban también el paisaje algunos pocos personajes lúcidos. Y lo adornaba yo, con mi evidente inocencia que me hizo comprender mi fragilidad. Pero no temí, pues no tenía ya a dónde ir. Me senté entonces al calor de la música, del acordeón que tanta fascinación me causa, y bebí.

No esperaba nada ni a nadie, pero pretendí que lo hacía. No sé aun por qué, pero eso me producía cierto alivio. A ratos pensaba, y bebía; a ratos prefería dejar ese vicio mío de buscar la reflexión hasta por debajo de las piedras para dedicarme a contemplar el espectáculo que se tornaba festivo, a veces cursi, a veces riesgoso. No dudé que alguien por sorpresa me despojara de mis pertenencias, que al fin y al cabo no son mías ni son infinitas ni son siquiera valiosas para mí. Estaba a merced de la incertidumbre, que me producía a cada rato más hambre, más ganas, más ansiedad por saber qué iba a pasar.
El curso de los minutos me hizo dudar, pues parecía que lo inesperado se convertiría nuevamente en la rutina de tantas noches: nada más que soledad. Por momentos me vi tentado a regresar al lugar de mi encierro. Es mi hogar, sé que ahí voy a regresar, pero no hoy. Ese es mi lugar en la estructura compleja que llamamos sociedad, pero mis ansias amenazan con romper sus cerradas y delicadas paredes. Como alguien más lo escribiera, es pequeño para las cosas que sueño.
Pasaba esto por mi mente que no advertí a mi lado la presencia de ese hombre de unos treinta años de edad, Oscar, que un poco más tarde me tragaría. Lo miré de reojo con cautela y sin ninguna otra intención que salvaguardar mi tranquilidad. Estaba convencido de mi habilidad de escapar, pero quería también estar seguro de no hacerlo antes de tiempo. Nos miramos y nos reconocimos. Sabíamos por qué estábamos ahí. Estoy convencido también de la tranquilidad que produce mi mirada, procuré transmitirla y al parecer funcionó. Nos saludamos y así dimos inicio al ritual de absorción.
Su voz me inspiró cierta confianza, pues usaba la jerga del barrio combinada con la amabilidad de quien reconoce a su carnal en medio de la gente. Como por costumbre saqué provecho de mi arsenal de preguntas que en automático provocan ese torrente de información emotiva, personal, práctica y estratégica. Es simple, como cuando de niño obsesivamente juntaba todas los cubos de un mismo color, sólo que ahora lo hago con las personas. Era comerciante de la Plaza Meave, los celulares eran su negocio, no dudó en ofrecerme (o anunciar) los productos, comentó unas dos o tres cosas sobre sus viajes a Tijuana, y unos tantos datos irrelevantes sobre el fútbol. Sabía ya lo que necesitaba saber. Y me quedé.
Conversamos un poco, pero yo me resistía a contarle sobre mí y sobre lo que hacía ahí. Sin embargo, precisé algunos detalles para evitar confusiones posteriores. Ante nosotros pasaron dos mujeres, rubias, hermosas, extranjeras seguramente. Y Oscar las miraba y trataba de contagiarme con sus comentarios -Qué buenas viejas, están hermosas, yo quisiera una vieja así, las güeras me encantan, a ti no?"-. Y dije -No, no me gustan las viejas-. Me miró y sonreí con la plena satisfacción de haber superado una prueba más en el camino que muchas veces me hizo dudar, mentir y reprimir. Y aprendí entonces la primera lección de la noche: Hay que escarbar en lo profundo de uno mismo, para poder sonreír.
Saboreaba las últimas gotas de mi chela, era probablemente el punto final. Oscar me dijo que era el punto y coma, tomó su caguama y sirvió exactamente la mitad en mi vaso y bebió la mitad restante. Fue un pacto, no abusaríamos uno del otro. Compartí entonces mis cigarros con él y otras historias también. Hubiera continuado, de no ser por las constantes interrupciones de aquella mujer que nombraré Marisol pues no supe su nombre ni lo sabré. Peda hasta el cuello y con los años encima se acercaba a bailar, a coquetear y a intentar hilar más de dos palabras de forma coherente para provocar alguna reacción entre nosotros. La juventud ya la había visitado y superado, no era atractiva, a pesar que ella lo sintiera. Pedía dinero, pedía chela, cigarros y pedía amor. Estaba perdida, con todo lo que eso implica. Yo no estaba dispuesto a compartir ni chela ni cigarros. No había hecho los méritos suficientes como Oscar para hacerme ceder de alguna forma. No. Era mi respuesta tajante. Insistía al grado que le pedí que se fuera. -¡Por favor!, invítame un cigarro- alcancé a escuchar esas palabras de su boca, y sus ojos me imploraban. -No- fue mi respuesta. Y Oscar me enseñó el significado de "las palabras mágicas". -Ya wey, dijo las palabras mágicas, dale un cigarro-. Marisol se distrajo con un marichi y no pude dárselo. Pero había ya comprendido que no son las palabras mágicas por sí solas. Son mágicas en el contexto de la súplica. Y se lo di, cumplí con aquello que estaba en mis manos, y se fue. Y me di cuenta también de cuántas veces las palabras que he emitido han sido planas y grises, pues dejé de acomodarlas en el contexto exacto. Me sentí dispuesto a devolverles su magia, y usarlas para provocar en otros la sensación de alivio.
Acompañé a Oscar por más bebidas, me hizo cargar su envase y me convertí entonces en su perro fiel. Lo seguía mientras caminaba rápidamente por el lugar, lo conocía y recorría con plena seguridad y yo iba tras de él. Soy excelente para ese papel. Soy un perro dócil, que salió a la calle a buscar a su dueño. He tenido muchos y así tan rápido los consigo, así tan rápido
me vuelvo a ir. Oscar al menos se adueñó de mí durante unas horas. Soy dócil pero bien observador y no pude evitar preguntar sobre las marcas en sus brazos. En su relato me habló de la subida y bajada de las drogas, sobre su esposa y sus tres hijos. Entre los personajes que forman su vida identifiqué a algunos de ellos. Eran mis papás, eran mis hermanos, eran mis amigos y enemigos. Todos eran el reflejo de mi propia historia. O al menos así lo interpreté. Regresamos con el envase lleno de cerveza al mismo lugar donde estábamos originalmente, rodeados de mariachis, y de gente cantando al compás de la música. Fue cuando me preguntó que si fumaba otra cosa que no fuera tabaco. Asentí. Cumplimos el pacto y fumamos la hierba que guardaba caprichosamente. Reí, contenidamente para no evidenciar mi alteración, y acompañamos todo el ritual con nuestras historias. Tragaba su historia y a cada uno de sus actores. Nos tragamos mutuamente.
Notablemente alterados, parecía que el silencio nos invadía. No emitíamos más que sonrisas, tontas y sin sentido, estábamos ahí parados, sin hacer nada mas que observar alrededor. Me negaba rotundamente a ponerle fin al viaje, no había llegado hasta ahí para después abandonarlo todo. Y le dije entonces a Oscar que no era el punto final, sino el punto y aparte. A escasos dos metros se acercaron "las chavelas". Sin duda eran las chavelas que jamás en mi imaginación pudieron ser tan exquisitas, las del amor roto, borracho. Una enmarcaba su cara morena y perforada con un cabello rojo, intenso, expresión viva del barrio. La otra era "de un mundo raro", cabello corto, contrastante en el escenario de la decadencia, mas bien, parecía de buenos modales. Miré con asombro el espectáculo que se desarrollaba ante mí. Era el espectáculo de la humillación. Todos éramos marionetas, impulsados por esa fuerza maldita que a veces, en nuestra locura y abuso llamamos amor. La chica de buenos modales pedía, suplicaba, imploraba un poco de cariño sincero, no estaba dispuesta a resignarse y dejar ir a la chica barrio, se gastaba las pocas fuerzas y palabras coherentes que aun en ella existían para pedirle, de la forma más atenta, que se quedara a dormir con ella. La chica barrio fue mas bien directa y la rechazó sin miramientos. Fue cruel, como la vida misma y eso provocó en mí una gran inquietud por conocer el desenlace de la historia.
-Me gusta mucho tu cabello, ¿cómo logras ese color?- fue el pretexto más tonto que usé para involucrarme en la historia y, de paso, conseguir aliados que rompieran el silencio que mediaba entre Oscar y yo. -Pues es rojo, lo compras en cualquier mercado- me dijo con fingida indiferencia. Al final gané la partida, y como lo supuse, a Oscar le cayó muy bien. Habíamos roto el silencio para dar paso a una nueva historia. La chica de los buenos modales no paraba de suplicar, al grado en el que parecía un fastidio. La miraba fijamente, pero dudo que ella advirtiera mi curiosa
intención. Pero yo la comprendí, yo era ella, la sentía mía, porque el amor, como consecuencia directa de la vida humana es sufrimiento y agonía; entonces me vi con los ojos ajenos y me reconocí en sus palabras, en su mirada y logré pasar súbitamente de la ternura al asco, a la lástima, me daba vergüenza presenciar el angustioso derrumbe de un corazón. Era profunda la tristeza que llegué a sentir por ella, y me arrepentí con la simple idea de saber que tal vez eso mismo llegué a provocar en alguien más. Su boca vomitaba las palabras que tantas veces yo utilicé y que, por otros supe que fueron utilizadas. La historia era para mí muy familiar, conocida. Comprendí lo ridículo que me vi protagonizando escenas tales. Nos callamos todos, mientras la escena era musicalizada por "en el último trago nos vamos". Se fueron, y con ellas se fueron mis ruegos y súplicas. Fueron como dos bofetadas las que me hicieron reaccionar, una me dijo “nunca” y la otra me dijo “más”. Nunca más. Bebí y les dije adiós.
Oscar me ordenó con la mirada acompañarlo a cambiar el envase vacío a una de las tiendas cercanas. Aun no terminaba el contenido de mi vaso, pero a Oscar pareció no importarle y de nuevo, con esa mirada, me ordenó que terminara. Fueron más de cinco tragos, enormes, fue el ansia de terminar con ese sufrimiento, de matar de una buena vez los recuerdos que aun atormentan mi caótico proceso mental los que me hicieron acabar de una buena vez. Respiré, suspiré y disfruté momentáneamente mi triunfo; caminé, tras de Oscar, que iba ya muy adelante mío. Al alcanzarlo me preguntó: -¿Conoces el callejón de las damas?- en tono un tanto burlón. –No, ¿qué es?- contesté lleno ya de dudas. Temí, pues sabía que era ya el final y corría por mis venas una creciente desesperación. Sudé, a pesar del aire frío que chocaba con mis ojos. Pensé por un momento en que el dichoso callejón sería el escenario de mi muerte, o tal vez de alguna pasión, tal vez fugaz, tal vez no; o quizá solo era un callejón de putas, o solo un simple invento. –Pero antes vamos por una chamarra, que tengo un chingo de frío- dijo con voz entre cortada por el tiritar de sus dientes mientras me señalaba el camino hacia su casa. Momentos antes detalló la ubicación exacta, eran cinco cuadras hacia la colonia Guerrero. No dije nada, y caminé tras de él. Era el fin, pero no podía esperar a saber cómo sería.
PARTE II

Yo había prometido pagar la siguiente chela, no sé por qué lo hice si perfectamente sabía que no tenía suficiente dinero. Fuimos de cualquier forma al mostrador de esas tiendas de autoservicio de 24 horas, entregamos el envase y las pocas monedas que aun me quedaban. No eran mías ya, eran de los dos. El empleado se resistió a entregarnos una chela más a cambio de las pocas monedas, pero Oscar era hábil, había algo de él que me sorprendía. De alguna forma logró convencer al tendero, para al final exclamar llanamente “¡a huevo!”.Teníamos un poco más de reserva de alcohol, pero sabíamos, de antemano, que sería la última.
La transacción terminó con una promesa. Oscar estaba comprometido a regresar a la tienda a entregar el envase que se nos había prestado. Entonces comencé a planear la huída. Sabía que si regresábamos a la tienda, tal vez podía quedarme ahí, fingir algún compromiso, y escapar, o simplemente pedir ayuda ante cualquier eventualidad. La máquina de mi mente comenzó a funcionar aceleradamente a pesar de la intensa circulación de sustancias que la afectaban. Caminé ya no tras de Oscar, sino a su lado, pero en silencio total. –Bueno ya, cuéntame algo ¿no?- me dijo como tratando de salvar la situación, como amarrándome más a su juego, o como qué sé yo. Imaginé miles de historias de desenlace y era esa incertidumbre, la que me mueve, precisamente ella la que me hacía caminar, pero en absoluto silencio. No quería dejar de conocer el callejón de las damas.
Al atravesar las calles reconocí algunos lugares que en ocasiones anteriores ya me habían visto cruzar. Ahí había vivido yo algunos de los pasajes infames de mi fracasado amor. Los pisé con desprecio, maldiciendo los clavos que en la historia de mi vida aun dejaban su herida sangrienta. Enfurecí porque todo me pareció injusto, y al regresar al mismo lugar, mi falsa apreciación de crecimiento se vino abajo. No cambié. Ni la vida cambió conmigo. Sigo siendo la sombra que viaja en las noches. Y yo que tanto me enorgullecí de ese supuesto crecimiento espiritual no era más que la sombra de mi pasado que nuevamente recorría solitaria esas calles. Hervía de rabia, de enojo, a pesar del imperante frío que congelaba mi mano, esa misma que cargaba con la botella helada de cerveza. No la iba a soltar. No iba a hablar, tampoco. Me tragué el orgullo y caminé, con la frente en alto y tal como aprendí susurré para mí: “no pasa nada” aunque en mi interior se fueran derrumbando lentamente los castillos de ingenuas ilusiones.
Recorrimos las cinco cuadras y llegamos a su casa. Tras una puerta de madera, enorme, con chapas de fierro, ya vieja, acabada, se escondía el acceso al pequeño pasillo que daba a un patio con una fuente en medio. Era una típica edificación colonial de las que posteriormente se convirtieron en vecindades en esta gran ciudad. Oscar me dejó pasar, y caminamos medio pasillo, ahí me detuvo y me dijo –espérame, no tardo-. No esperaba siquiera que me trajera algo con qué taparme, aunque solo me cubriera una ligera camiseta. Corrió el resto del pasillo y dio vuelta a la izquierda, subió unas escaleras y sus pasos acelerados dejaron de escucharse tras el sonido de una puerta cerrándose. Y sólo había silencio. Era el momento perfecto que estaba esperando para escapar. Lo conocía perfectamente, pues siempre existe esa oportunidad única de salir corriendo. Regresé a la puerta enorme de madera, la abrí con sumo cuidado, y me asomé a la calle. Desierta. Oportunidad perfecta. Mis piernas temblaban, queriendo escapar. La entrecerré, caminé de nuevo por el pasillo unos diez pasos adelante y alcancé a notar unas luces que se encendían y apagaban a un ritmo seductor. Estaban llamándome, hacían un coro que susurraba mi nombre.
Aun mi mano engarrotada se aferraba al envase congelado de cerveza, no lo iba a soltar, si iba a escapar, me iría con él también. Caminé otros tres pasos siguiendo el llamado de ese suave murmullo, y las luces ahora se apagaban y encendían arrítmicamente como enloquecidas, como cobrando vida. Era un altar, a la virgen de Guadalupe, con sus florecitas de plástico y serie de luces adornándolo. Lo adornaban también algunos papeles con oraciones y fotos de individuos varios. Tenía además, a escasos dos metros a su frente, una banquita de concreto desde la cual se podía admirar serenamente y en su totalidad la belleza cursi del altar. Me quedé parado, inmóvil en medio del altar y la banquita, mirando los dos caminos, izquierdo y derecho. Era el momento de decidir, huir, o permanecer. Mi mente ya no estaba lúcida y dudé más que nunca, pero mi cuerpo seguía ahí, como una roca, esperando la respuesta.

Escuché de nuevo la dulce voz que ahora sabía de dónde emanaba. Me hipnotizó su delicada melodía que repetía mi nombre, primero en forma ordenada, sincronizada, y después en un total caos, y las luces seguían su ritmo. No pude resistirme a sentarme en la banquita, y mirar a las luces hablarme. Y miraba también con detalle la serenidad que me provocaba la mirada de la virgen. No podía alejarme, ya me había atrapado, era como un vicio mirar su cara y llenarme de la paz que me transmitía. Me daba vergüenza, estar frente a ella, con un envase con contenido alcohólico. No por que sea yo religioso, sino por el evidente contraste. Su cara llena de paz, y mi cara llena de angustia. Sus ropas brillantes, doradas, y las mías planas y desgastadas. Su mirada tranquila y la mía inundada de diminutas lágrimas que se resistían a salir. Y seguía el coro cantando mi nombre al ritmo de las luces. Con un movimiento tan suave, casi imperceptible, casi como una eternidad sentí su mano tomar la mía. Era cálida, curaba el frío, sentía su caricia suave, pero era firme al sujetarme. Me abrazó y me susurró al oído con esa voz que siempre me calma la lección que estaba por aprender:
Me invadió el vértigo, en mi estómago se manifestaron las emociones de un vuelo hacia un túnel de paz y tranquilidad. Volé, tomado de su mano por breves segundos, cerré los ojos, y dos lágrimas formaron un charquito a mis pies. Y las luces, se encendían y apagaban cada vez con mayor intensidad. Me mostraban en un ejemplo clarísimo lo que da sentido al vivir: el cambio. A veces oscuro, a veces iluminado, es el interminable círculo al que estamos sujetos como partículas del universo. Se encendían y apagaban. Gritaban y callaban. Al fin lo comprendí, tenía pues, que renacer. Apenas lo comprendí, las luces silenciaron y acudió a su regreso Oscar ataviado con un suéter naranja que como fuego, calentó de inmediato la escena de mi despertar.
Nos apresuramos y las ansias me seguían invadiendo, pues no podía esperar más a conocer el callejón de las damas. Lo veía todo con unos ojos distintos, limpios por las lágrimas. Ya no temía morir, porque sabía que había de renacer. Caminamos 6 o 7 cuadras, creo, pero olvidé poner atención al camino. Estaba tan concentrado en las palabras que había escuchado, que su eco me distraía. No importaba ya. Oscar parecía muy tranquilo, o más bien, seguro, porque sabía que aun nos quedaban reservas. Ahora él se encargó de llevar el envase, para evitarme pasar más frío. Si bien, agradecí que no me haya cobijado (ya que eso hubiera roto el pacto que como desconocidos nos hubiera convertido en hermanos), también agradecí que procurara que las cosas fueran justas, dentro de lo posible.
Llegamos por fin al tan ansiado callejón. Nunca me explicó por qué era de las damas, ni lo pregunté, pero sólo me confesó que ese lugar le inspiraba tranquilidad, seguridad, que ahí nadie nos vería ni nos interrumpiría. A decir verdad no fue nada de lo que imaginaba, sino un simple callejón. Sin embargo, era un escenario tan perfecto para mí, no tenía salida, era oscurísimo, frío, con algunas puertas de lámina y ventanales rotos. Lo adornaban también escombros y restos de basura, tablas y fierros. Era un simple callejón, pero lo sentía como mi hogar, como si sus paredes grises me abrazaran, me cubrieran. Llegamos hasta donde la enorme pared cerraba el callejón. Buscamos un lugar dónde sentarnos pero todo parecía rociado de orines. El olor de aromas mezclados picaba en la nariz, pero de alguna forma me hacía sentir tranquilo. Lo observé con detenimiento y recordé qué tan bellas me parecen las cosas horribles. Lo que lastima, lo que transgrede, lo que insulta y molesta, también me fascina. Porque todo se mantiene en ese equilibrio. Era un callejón espeluznante, pero también atesoraba belleza.
Oscar se encargó de pintar una pared más. –¿Tú no quieres mear wey?- me dijo, a lo lejos. –No, luego-. En verdad no quería hacerlo. Todos los estímulos distraían considerablemente mi atención. Entonces, al no encontrar un lugar dónde sentarnos, nos dirigimos a un conjunto de tubos que tal vez en algún momento formaron parte de un triciclo, como de esos de puesto de tamales. Aun tenía el asiento de la bicicleta; Oscar me ofreció sentarme ahí, mas la estructura me pareció tan frágil que permanecí de pie. Se sentó, abrió el envase con los dientes y bebió unos cuatro o cinco tragos profundos. En el silencio oscuro de la noche hacía eco su garganta al pasar de los tragos, uno tras otro, chocando con su boca, su lengua, moviendo la cerveza y haciéndola burbujas.
-Al rato voy por mi esposa, voy a desayunar también con mi suegra… voy a llegar cantándole, a su ventana, como cuando la conocí- decía mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa, lindísima. –A lo mejor se encabrona, porque le caga que llegue pedo, pero al rato se le quita… ya me conoce, que me gusta el desmadre… soy una pinche lacra, una pin-che la-cra, lo sé… pero a ella la quiero, es bien bonito-. Y así continuó, recordándola. –Y mis chavitos, quiero que sean bien chingones como yo… pero que se cuiden, que no se pierdan-, y suspiré, porque no había más belleza que eso, en medio de la mierda que imperaba en el ambiente. Sé que lo recordaré hasta que mi mente sea incapaz de recordar, hasta que pierda la capacidad de apreciar lo hermoso que puede ser lo deplorable. Lo recordaré.
Bebí yo también apresurado, pues Oscar me indicó que faltaban 20 minutos para las 5, y quería llegar bien tempranito para despertar a su vieja. Y saboreé con detalle el pasar de los tragos por mi garganta. Pocas veces me concentraba en eso, pero este era el momento de empezar a disfrutarlo. No beber por beber, ni por buscar un estado de alteración mental que me permita olvidar, beber por el placer de experimentar en mi cuerpo la liberación de las ataduras que lo atormentan. Beber por el placer de someter mi cuerpo a voluntad de un extraño. Como algunos ya lo saben, soy ese perro sin dueño, y el alcohol me adueña, me hace dócil, me domina. Pero sabía también que tenía que mantenerme firme, disfrutar de esa sensación, no abusar de ella. Cumplir el ciclo, embriagarme y despertar. No perder el placer ni convertirlo en vicio.
En otros tres tragos más, Oscar dejó menos de un cuarto del envase, y me lo entregó. Me otorgó el beneficio de terminarlo. Y ahí comprendí otra cosa más: Nada es tan delicioso como poner fin a las cosas. Ese fin que marca el inicio de un nuevo transitar. Le puse fin, sin prisa y sonreí. Oscar sonrío conmigo y con exactitud dijo –eres un pinche desmadre también-. Y no dije nada, porque si lo fui o no lo fui, a nadie más le importa ya. Soy lo mismo que todo a mi alrededor, soy cambio. Tal vez fui sombra o fui luz, mas eso ya no importa, ahora soy simplemente yo.
Abandonamos el callejón de las damas, personalmente, lo abandoné con la total convicción de que jamás volvería a ese lugar de ensueño que fue testigo de la escena de dos borrachos alumbrados por la luna. Mas no prometí nada, pues ya minutos antes había experimentado la sensación de regresar a los mismos lugares de siempre. Simplemente estaba satisfecho de haber sobrevivido y saboreado la agridulce sensación de placer, de satisfacción y de plenitud. No volvería, pues tal vez ese lugar nunca existió y si acaso fue, no volverá a ser el mismo, pues ya nunca más seré yo el mismo, ni lo será Oscar, ni lo serán las situaciones que nos juntaron en algún momento de nuestro caminar. Tal vez mis pies algún día me llevarían de nuevo ahí, pero jamás volverá a ser lo mismo. Será el tatuaje que llevaré en la piel, que como los que cubren la piel de Oscar, me hará recordar que nada vuelve a ser exactamente fiel, pues yo mismo por el hecho de haber estado ahí, ya estaba cambiando. Lo recordaré, también.
Caminamos presurosamente y perdí la pista del callejón, de nuevo estaba perdido, pero seguía fielmente a Oscar. Platicábamos sobre qué curioso había sido el hecho de conocernos, y me insistió en que pasara a visitarlo “un día de estos”. Era sincero, lo sé, y le aseguré que iría a visitarlo “un día de estos”, aunque no estuviera completamente convencido de ello, ni él tampoco de que lo haría. Caminamos más, y empecé a reconocer las calles. Pronto desembocamos en la calle de 5 de mayo hasta llegar al cruce con Eje Central. Oscar paró súbitamente su rápida marcha y subió unas pequeñas escaleras que dan una vista panorámica a la Alameda Central y al
Palacio de Bellas Artes. Se sentó ahí, frente al paisaje y me dijo –Cuánto tiempo echa a perder uno, en pendejadas, cuando uno tiene un paisaje así ni lo aprecia, ni lo valora por andar de pinche lacra. A veces vengo acá a mirarlo, no sé por qué-. Lo miré a él, y lo iluminaban ligeramente las luces de los postes, blancas. Dirigí la mirada al paisaje y entendí sus palabras. No era el Palacio, con su imponente estructura lo que me provocaba admiración, ni las luces que de noche lo resaltan y engalanan sino el hecho de tomar pocos minutos del cotidiano vivir de la ciudad para detenerse y pararlo todo, el tráfico, las obligaciones, los placeres, los vicios, los sufrimientos y los recuerdos para congelarlos todos en una imagen. Poco a poco iba recolectando las piezas del rompecabezas que durante esa noche se me habían presentado. Al momento de armarlas comprendí lo que me hacía falta. No había comenzado el recorrido con la intención de descubrirlo, solo vino a mí. Pero era evidente la razón de mi salida, estaba buscando sin buscar el impulso que me hiciera renacer. Lo asumí, lo comprendí y callé de nuevo, para quedarme junto a Oscar a contemplar el tiempo pasar. Faltaban pocos minutos para el amanecer.
Continuamos la marcha, por los pasillos de la Alameda Central, y yo miraba solo al piso, y las formas caprichosas que nuestras sombras dibujaban al contraste de la luz. Oscar hablaba más y más, pero ya no quería escucharlo, ya tenía lo que me hacía falta, ya no necesitaba más. Cada paso nos acercaba a la despedida, y cada uno era una mordida que me consumía. El ritual de absorción estaba por terminar. Me tragaba. Un paso más y mi sombra se iba desvaneciendo, haciéndose chiquita, me tragaba por instantes, lento. Me estaba acabando, y solo veía su sombra cubrir la mía, despojarme de mi espacio. Nos acercábamos más a la estación del Metro Hidalgo, punto que ambos habíamos acordado como el lugar de despedida. Yo esperaría ahí al amanecer, al calor que me iluminara y pusiera fin e inicio a mi ciclo. Él iría a buscar a su esposa, tal vez pensando que había pasado una noche de peda más, una noche cualquiera. Guardé mi reflexión en esa cajita que me acompaña, no compartí nada de esto con él. Tal vez ahora que lo pienso pueda ser injusto, pues nunca sabrá que esa noche abrí los ojos, que para mí no fue una noche más. Pero sé que a nadie más le parecerá primordial, a nadie más que a mí. Dimos unos pasos más y me tragó por completo, abría y cerraba su boca, me tragó hasta los huesos, me absorbió y me quemó. Se despidió, pero en mí ya no quedaba nada, todo me lo había absorbido. –Estoy en el “38-b”, para lo que necesites- dijo, no sé por qué. –¿En el qué?-, repliqué. –En el 38-b-, Plaza Meave-. El silencio nos volvió a envolver, pero ahora sí era el punto final. Le dije adiós a él y a las cosas de mí que se había llevado, las que ya no necesitaba y que me hicieron abrir los ojos al amanecer, al amanecer en mi corazón. –Gracias- dije, con absoluta franqueza. Dio la vuelta, caminó y lo alcancé para decir -¿qué número dijiste?-. Lo repitió, di la vuelta y lo olvidé.

Faltan cinco minutos y serán las 6 de la mañana. Hora de mi amanecer. Mis pies ya no responden, se niegan a seguir caminando, el frío del alba los inmoviliza y sin sentirlos me llevan a sentarme en la orilla de esa estructura que se supone debería ser una fuente, que el salitre y la basura se han encargado en convertir en un obra más dentro del paisaje urbano. Formo parte de ese paisaje, como lo forman mis brazos, mis piernas. Soy joven, apenas llego a los 21, y si me vieran sentado ahí pensarían que soy un chico promedio, uno más de la ciudad. Reviso mis bolsillos y ahí está, ese tesoro que guardé durante toda la noche. Un cigarro. La cereza del pastel, la nota final que cierra sublime la canción, el beso que anuncia y amaga el dolor de la despedida. De mi boca se desprende lentamente el humo de ese tabaco en una expresión de serenidad, y descanso sin prisa ni nostalgia entre el ambiente del cotidiano amanecer. Ante mis ojos se pasean presurosos los empleados del gobierno, los corredores mañaneros y los estudiantes, entre los cuales debería estar yo; circulan a vuelta de rueda los autos, todo cobra vida, se manifiesta y el ruido invade mis oídos. Y ese pasillo que anoche fue mi recorrido, que fue tierra y fue oscuridad ahora está cubierto de puestos, de chicharrones, de quesadillas y tacos, de baratijas que tienen alta demanda y todo cobra una vida diferente.
Disfruto entonces del frío que acaricia mi piel, que mueve mis huesos, que me hace temblar. Apenas una ligera playera cubre mi cuerpo, es mi ropa común, como al de cualquier otra persona. Muero de frío, pero disfruto de la calma, de la saciante emoción de no tener que ir a ningún lugar. Disfruto pues del paisaje en el que estoy inmerso, de ese ciclo constante que cobra vida, que muere y renace en un mismo momento, todo está ocurriendo ahí y me incluyo en él. Es un amanecer en la capital mexicana, en el parque de la alameda. Y podría ser cualquier otro lugar del globo de no ser porque estoy yo impregnado ahí, está la esencia de mi existir, la huella de mis palabras y movimientos y su efecto. Es un amanecer, pues, en mi corazón. Es el preciso momento en el que en el horizonte se asoma diminuto el rayo del sol, calienta mi cuerpo y mi mente, me hace revivir. Ahora todo tiene sentido. Todo gira y se mueve, siguiendo ese constante cambio, y se convierte en infinito como un círculo.
Retumban en mi oído los ruidos de mi estómago, reclamándome por abandonarlo y sacrificarlo. Los dientes se rebelan y me exigen moverme, como no obedezco se alteran y chocan entre ellos. Perdón. Es parte del ciclo, subir y bajar, errar y acertar, amar y perdonar, vivir, morir y renacer. Y hoy renací. Estoy en paz conmigo, porque no sólo el hambre o el frío provocan movimiento, también el perdón y el porvenir lo hacen y hacen abrir los ojos y caminar, dirigir la mente y el cuerpo como un rayo, a un objetivo preciso. Procedo a relatar el fin e inicio de un ciclo a causa de una noche de densas experiencias corporales y subjetivas que hicieron que los párpados de mi alma se movieran para dejarme ver lo que en mi ser parecía ya muerto. Hoy renací, porque como todo, yo también soy ciclo.
PARTE I
Surgí de la noche. De eso estoy bien seguro. La luna me hace cosquillas, me despierta el hambre de comerme el mundo, de abrazarlo y que se tatúe en mi cuerpo. Entró por mi cuerpo la curiosidad, esa que me acompañó en los solitarios días de mi niñez y que ahora me produce una insaciable atracción por la incertidumbre, por lo desconocido. Mis maneras me han convertido en aventurero y me conducen a lo inesperado. Salí seguramente de alguno de los edificios del centro histórico para perderme entre la multitud de sombras que deambulan por la ciudad.
El recorrido comenzó el martes a las 11 en punto. Hora perfecta para salir. El escenario lo adornaban las luces de la plaza garibaldi. Contrastaban en ella la naranjada iluminación y las sombras que todos ahí cargábamos. Sonaban los violines, las trompetas, las guitarras y mi ahogado grito por un poco de diversión. Adornaban también el paisaje algunos pocos personajes lúcidos. Y lo adornaba yo, con mi evidente inocencia que me hizo comprender mi fragilidad. Pero no temí, pues no tenía ya a dónde ir. Me senté entonces al calor de la música, del acordeón que tanta fascinación me causa, y bebí.
No esperaba nada ni a nadie, pero pretendí que lo hacía. No sé aun por qué, pero eso me producía cierto alivio. A ratos pensaba, y bebía; a ratos prefería dejar ese vicio mío de buscar la reflexión hasta por debajo de las piedras para dedicarme a contemplar el espectáculo que se tornaba festivo, a veces cursi, a veces riesgoso. No dudé que alguien por sorpresa me despojara de mis pertenencias, que al fin y al cabo no son mías ni son infinitas ni son siquiera valiosas para mí. Estaba a merced de la incertidumbre, que me producía a cada rato más hambre, más ganas, más ansiedad por saber qué iba a pasar.
El curso de los minutos me hizo dudar, pues parecía que lo inesperado se convertiría nuevamente en la rutina de tantas noches: nada más que soledad. Por momentos me vi tentado a regresar al lugar de mi encierro. Es mi hogar, sé que ahí voy a regresar, pero no hoy. Ese es mi lugar en la estructura compleja que llamamos sociedad, pero mis ansias amenazan con romper sus cerradas y delicadas paredes. Como alguien más lo escribiera, es pequeño para las cosas que sueño.
Pasaba esto por mi mente que no advertí a mi lado la presencia de ese hombre de unos treinta años de edad, Oscar, que un poco más tarde me tragaría. Lo miré de reojo con cautela y sin ninguna otra intención que salvaguardar mi tranquilidad. Estaba convencido de mi habilidad de escapar, pero quería también estar seguro de no hacerlo antes de tiempo. Nos miramos y nos reconocimos. Sabíamos por qué estábamos ahí. Estoy convencido también de la tranquilidad que produce mi mirada, procuré transmitirla y al parecer funcionó. Nos saludamos y así dimos inicio al ritual de absorción.
Su voz me inspiró cierta confianza, pues usaba la jerga del barrio combinada con la amabilidad de quien reconoce a su carnal en medio de la gente. Como por costumbre saqué provecho de mi arsenal de preguntas que en automático provocan ese torrente de información emotiva, personal, práctica y estratégica. Es simple, como cuando de niño obsesivamente juntaba todas los cubos de un mismo color, sólo que ahora lo hago con las personas. Era comerciante de la Plaza Meave, los celulares eran su negocio, no dudó en ofrecerme (o anunciar) los productos, comentó unas dos o tres cosas sobre sus viajes a Tijuana, y unos tantos datos irrelevantes sobre el fútbol. Sabía ya lo que necesitaba saber. Y me quedé.
Conversamos un poco, pero yo me resistía a contarle sobre mí y sobre lo que hacía ahí. Sin embargo, precisé algunos detalles para evitar confusiones posteriores. Ante nosotros pasaron dos mujeres, rubias, hermosas, extranjeras seguramente. Y Oscar las miraba y trataba de contagiarme con sus comentarios -Qué buenas viejas, están hermosas, yo quisiera una vieja así, las güeras me encantan, a ti no?"-. Y dije -No, no me gustan las viejas-. Me miró y sonreí con la plena satisfacción de haber superado una prueba más en el camino que muchas veces me hizo dudar, mentir y reprimir. Y aprendí entonces la primera lección de la noche: Hay que escarbar en lo profundo de uno mismo, para poder sonreír.
Saboreaba las últimas gotas de mi chela, era probablemente el punto final. Oscar me dijo que era el punto y coma, tomó su caguama y sirvió exactamente la mitad en mi vaso y bebió la mitad restante. Fue un pacto, no abusaríamos uno del otro. Compartí entonces mis cigarros con él y otras historias también. Hubiera continuado, de no ser por las constantes interrupciones de aquella mujer que nombraré Marisol pues no supe su nombre ni lo sabré. Peda hasta el cuello y con los años encima se acercaba a bailar, a coquetear y a intentar hilar más de dos palabras de forma coherente para provocar alguna reacción entre nosotros. La juventud ya la había visitado y superado, no era atractiva, a pesar que ella lo sintiera. Pedía dinero, pedía chela, cigarros y pedía amor. Estaba perdida, con todo lo que eso implica. Yo no estaba dispuesto a compartir ni chela ni cigarros. No había hecho los méritos suficientes como Oscar para hacerme ceder de alguna forma. No. Era mi respuesta tajante. Insistía al grado que le pedí que se fuera. -¡Por favor!, invítame un cigarro- alcancé a escuchar esas palabras de su boca, y sus ojos me imploraban. -No- fue mi respuesta. Y Oscar me enseñó el significado de "las palabras mágicas". -Ya wey, dijo las palabras mágicas, dale un cigarro-. Marisol se distrajo con un marichi y no pude dárselo. Pero había ya comprendido que no son las palabras mágicas por sí solas. Son mágicas en el contexto de la súplica. Y se lo di, cumplí con aquello que estaba en mis manos, y se fue. Y me di cuenta también de cuántas veces las palabras que he emitido han sido planas y grises, pues dejé de acomodarlas en el contexto exacto. Me sentí dispuesto a devolverles su magia, y usarlas para provocar en otros la sensación de alivio.
Acompañé a Oscar por más bebidas, me hizo cargar su envase y me convertí entonces en su perro fiel. Lo seguía mientras caminaba rápidamente por el lugar, lo conocía y recorría con plena seguridad y yo iba tras de él. Soy excelente para ese papel. Soy un perro dócil, que salió a la calle a buscar a su dueño. He tenido muchos y así tan rápido los consigo, así tan rápido
me vuelvo a ir. Oscar al menos se adueñó de mí durante unas horas. Soy dócil pero bien observador y no pude evitar preguntar sobre las marcas en sus brazos. En su relato me habló de la subida y bajada de las drogas, sobre su esposa y sus tres hijos. Entre los personajes que forman su vida identifiqué a algunos de ellos. Eran mis papás, eran mis hermanos, eran mis amigos y enemigos. Todos eran el reflejo de mi propia historia. O al menos así lo interpreté. Regresamos con el envase lleno de cerveza al mismo lugar donde estábamos originalmente, rodeados de mariachis, y de gente cantando al compás de la música. Fue cuando me preguntó que si fumaba otra cosa que no fuera tabaco. Asentí. Cumplimos el pacto y fumamos la hierba que guardaba caprichosamente. Reí, contenidamente para no evidenciar mi alteración, y acompañamos todo el ritual con nuestras historias. Tragaba su historia y a cada uno de sus actores. Nos tragamos mutuamente.Notablemente alterados, parecía que el silencio nos invadía. No emitíamos más que sonrisas, tontas y sin sentido, estábamos ahí parados, sin hacer nada mas que observar alrededor. Me negaba rotundamente a ponerle fin al viaje, no había llegado hasta ahí para después abandonarlo todo. Y le dije entonces a Oscar que no era el punto final, sino el punto y aparte. A escasos dos metros se acercaron "las chavelas". Sin duda eran las chavelas que jamás en mi imaginación pudieron ser tan exquisitas, las del amor roto, borracho. Una enmarcaba su cara morena y perforada con un cabello rojo, intenso, expresión viva del barrio. La otra era "de un mundo raro", cabello corto, contrastante en el escenario de la decadencia, mas bien, parecía de buenos modales. Miré con asombro el espectáculo que se desarrollaba ante mí. Era el espectáculo de la humillación. Todos éramos marionetas, impulsados por esa fuerza maldita que a veces, en nuestra locura y abuso llamamos amor. La chica de buenos modales pedía, suplicaba, imploraba un poco de cariño sincero, no estaba dispuesta a resignarse y dejar ir a la chica barrio, se gastaba las pocas fuerzas y palabras coherentes que aun en ella existían para pedirle, de la forma más atenta, que se quedara a dormir con ella. La chica barrio fue mas bien directa y la rechazó sin miramientos. Fue cruel, como la vida misma y eso provocó en mí una gran inquietud por conocer el desenlace de la historia.
-Me gusta mucho tu cabello, ¿cómo logras ese color?- fue el pretexto más tonto que usé para involucrarme en la historia y, de paso, conseguir aliados que rompieran el silencio que mediaba entre Oscar y yo. -Pues es rojo, lo compras en cualquier mercado- me dijo con fingida indiferencia. Al final gané la partida, y como lo supuse, a Oscar le cayó muy bien. Habíamos roto el silencio para dar paso a una nueva historia. La chica de los buenos modales no paraba de suplicar, al grado en el que parecía un fastidio. La miraba fijamente, pero dudo que ella advirtiera mi curiosa
intención. Pero yo la comprendí, yo era ella, la sentía mía, porque el amor, como consecuencia directa de la vida humana es sufrimiento y agonía; entonces me vi con los ojos ajenos y me reconocí en sus palabras, en su mirada y logré pasar súbitamente de la ternura al asco, a la lástima, me daba vergüenza presenciar el angustioso derrumbe de un corazón. Era profunda la tristeza que llegué a sentir por ella, y me arrepentí con la simple idea de saber que tal vez eso mismo llegué a provocar en alguien más. Su boca vomitaba las palabras que tantas veces yo utilicé y que, por otros supe que fueron utilizadas. La historia era para mí muy familiar, conocida. Comprendí lo ridículo que me vi protagonizando escenas tales. Nos callamos todos, mientras la escena era musicalizada por "en el último trago nos vamos". Se fueron, y con ellas se fueron mis ruegos y súplicas. Fueron como dos bofetadas las que me hicieron reaccionar, una me dijo “nunca” y la otra me dijo “más”. Nunca más. Bebí y les dije adiós.Oscar me ordenó con la mirada acompañarlo a cambiar el envase vacío a una de las tiendas cercanas. Aun no terminaba el contenido de mi vaso, pero a Oscar pareció no importarle y de nuevo, con esa mirada, me ordenó que terminara. Fueron más de cinco tragos, enormes, fue el ansia de terminar con ese sufrimiento, de matar de una buena vez los recuerdos que aun atormentan mi caótico proceso mental los que me hicieron acabar de una buena vez. Respiré, suspiré y disfruté momentáneamente mi triunfo; caminé, tras de Oscar, que iba ya muy adelante mío. Al alcanzarlo me preguntó: -¿Conoces el callejón de las damas?- en tono un tanto burlón. –No, ¿qué es?- contesté lleno ya de dudas. Temí, pues sabía que era ya el final y corría por mis venas una creciente desesperación. Sudé, a pesar del aire frío que chocaba con mis ojos. Pensé por un momento en que el dichoso callejón sería el escenario de mi muerte, o tal vez de alguna pasión, tal vez fugaz, tal vez no; o quizá solo era un callejón de putas, o solo un simple invento. –Pero antes vamos por una chamarra, que tengo un chingo de frío- dijo con voz entre cortada por el tiritar de sus dientes mientras me señalaba el camino hacia su casa. Momentos antes detalló la ubicación exacta, eran cinco cuadras hacia la colonia Guerrero. No dije nada, y caminé tras de él. Era el fin, pero no podía esperar a saber cómo sería.
PARTE II

Yo había prometido pagar la siguiente chela, no sé por qué lo hice si perfectamente sabía que no tenía suficiente dinero. Fuimos de cualquier forma al mostrador de esas tiendas de autoservicio de 24 horas, entregamos el envase y las pocas monedas que aun me quedaban. No eran mías ya, eran de los dos. El empleado se resistió a entregarnos una chela más a cambio de las pocas monedas, pero Oscar era hábil, había algo de él que me sorprendía. De alguna forma logró convencer al tendero, para al final exclamar llanamente “¡a huevo!”.Teníamos un poco más de reserva de alcohol, pero sabíamos, de antemano, que sería la última.
La transacción terminó con una promesa. Oscar estaba comprometido a regresar a la tienda a entregar el envase que se nos había prestado. Entonces comencé a planear la huída. Sabía que si regresábamos a la tienda, tal vez podía quedarme ahí, fingir algún compromiso, y escapar, o simplemente pedir ayuda ante cualquier eventualidad. La máquina de mi mente comenzó a funcionar aceleradamente a pesar de la intensa circulación de sustancias que la afectaban. Caminé ya no tras de Oscar, sino a su lado, pero en silencio total. –Bueno ya, cuéntame algo ¿no?- me dijo como tratando de salvar la situación, como amarrándome más a su juego, o como qué sé yo. Imaginé miles de historias de desenlace y era esa incertidumbre, la que me mueve, precisamente ella la que me hacía caminar, pero en absoluto silencio. No quería dejar de conocer el callejón de las damas.
Al atravesar las calles reconocí algunos lugares que en ocasiones anteriores ya me habían visto cruzar. Ahí había vivido yo algunos de los pasajes infames de mi fracasado amor. Los pisé con desprecio, maldiciendo los clavos que en la historia de mi vida aun dejaban su herida sangrienta. Enfurecí porque todo me pareció injusto, y al regresar al mismo lugar, mi falsa apreciación de crecimiento se vino abajo. No cambié. Ni la vida cambió conmigo. Sigo siendo la sombra que viaja en las noches. Y yo que tanto me enorgullecí de ese supuesto crecimiento espiritual no era más que la sombra de mi pasado que nuevamente recorría solitaria esas calles. Hervía de rabia, de enojo, a pesar del imperante frío que congelaba mi mano, esa misma que cargaba con la botella helada de cerveza. No la iba a soltar. No iba a hablar, tampoco. Me tragué el orgullo y caminé, con la frente en alto y tal como aprendí susurré para mí: “no pasa nada” aunque en mi interior se fueran derrumbando lentamente los castillos de ingenuas ilusiones.
Recorrimos las cinco cuadras y llegamos a su casa. Tras una puerta de madera, enorme, con chapas de fierro, ya vieja, acabada, se escondía el acceso al pequeño pasillo que daba a un patio con una fuente en medio. Era una típica edificación colonial de las que posteriormente se convirtieron en vecindades en esta gran ciudad. Oscar me dejó pasar, y caminamos medio pasillo, ahí me detuvo y me dijo –espérame, no tardo-. No esperaba siquiera que me trajera algo con qué taparme, aunque solo me cubriera una ligera camiseta. Corrió el resto del pasillo y dio vuelta a la izquierda, subió unas escaleras y sus pasos acelerados dejaron de escucharse tras el sonido de una puerta cerrándose. Y sólo había silencio. Era el momento perfecto que estaba esperando para escapar. Lo conocía perfectamente, pues siempre existe esa oportunidad única de salir corriendo. Regresé a la puerta enorme de madera, la abrí con sumo cuidado, y me asomé a la calle. Desierta. Oportunidad perfecta. Mis piernas temblaban, queriendo escapar. La entrecerré, caminé de nuevo por el pasillo unos diez pasos adelante y alcancé a notar unas luces que se encendían y apagaban a un ritmo seductor. Estaban llamándome, hacían un coro que susurraba mi nombre.
Aun mi mano engarrotada se aferraba al envase congelado de cerveza, no lo iba a soltar, si iba a escapar, me iría con él también. Caminé otros tres pasos siguiendo el llamado de ese suave murmullo, y las luces ahora se apagaban y encendían arrítmicamente como enloquecidas, como cobrando vida. Era un altar, a la virgen de Guadalupe, con sus florecitas de plástico y serie de luces adornándolo. Lo adornaban también algunos papeles con oraciones y fotos de individuos varios. Tenía además, a escasos dos metros a su frente, una banquita de concreto desde la cual se podía admirar serenamente y en su totalidad la belleza cursi del altar. Me quedé parado, inmóvil en medio del altar y la banquita, mirando los dos caminos, izquierdo y derecho. Era el momento de decidir, huir, o permanecer. Mi mente ya no estaba lúcida y dudé más que nunca, pero mi cuerpo seguía ahí, como una roca, esperando la respuesta.

Escuché de nuevo la dulce voz que ahora sabía de dónde emanaba. Me hipnotizó su delicada melodía que repetía mi nombre, primero en forma ordenada, sincronizada, y después en un total caos, y las luces seguían su ritmo. No pude resistirme a sentarme en la banquita, y mirar a las luces hablarme. Y miraba también con detalle la serenidad que me provocaba la mirada de la virgen. No podía alejarme, ya me había atrapado, era como un vicio mirar su cara y llenarme de la paz que me transmitía. Me daba vergüenza, estar frente a ella, con un envase con contenido alcohólico. No por que sea yo religioso, sino por el evidente contraste. Su cara llena de paz, y mi cara llena de angustia. Sus ropas brillantes, doradas, y las mías planas y desgastadas. Su mirada tranquila y la mía inundada de diminutas lágrimas que se resistían a salir. Y seguía el coro cantando mi nombre al ritmo de las luces. Con un movimiento tan suave, casi imperceptible, casi como una eternidad sentí su mano tomar la mía. Era cálida, curaba el frío, sentía su caricia suave, pero era firme al sujetarme. Me abrazó y me susurró al oído con esa voz que siempre me calma la lección que estaba por aprender:
Soy yo hijo. Mírate, eres una persona, unidad, movimiento. No puedo cambiarte el mundo, porque cambia solo. No puedo enseñarte el camino, porque no lo hay. Dentro de ti hay una semilla y nadie te la puede quitar. Siéntela y hazla florecer, porque sus frutos te darán de comer. No olvides, hijo, que formas parte de este ciclo del regreso y el abandono. Cúmplelo.
Me invadió el vértigo, en mi estómago se manifestaron las emociones de un vuelo hacia un túnel de paz y tranquilidad. Volé, tomado de su mano por breves segundos, cerré los ojos, y dos lágrimas formaron un charquito a mis pies. Y las luces, se encendían y apagaban cada vez con mayor intensidad. Me mostraban en un ejemplo clarísimo lo que da sentido al vivir: el cambio. A veces oscuro, a veces iluminado, es el interminable círculo al que estamos sujetos como partículas del universo. Se encendían y apagaban. Gritaban y callaban. Al fin lo comprendí, tenía pues, que renacer. Apenas lo comprendí, las luces silenciaron y acudió a su regreso Oscar ataviado con un suéter naranja que como fuego, calentó de inmediato la escena de mi despertar.
Nos apresuramos y las ansias me seguían invadiendo, pues no podía esperar más a conocer el callejón de las damas. Lo veía todo con unos ojos distintos, limpios por las lágrimas. Ya no temía morir, porque sabía que había de renacer. Caminamos 6 o 7 cuadras, creo, pero olvidé poner atención al camino. Estaba tan concentrado en las palabras que había escuchado, que su eco me distraía. No importaba ya. Oscar parecía muy tranquilo, o más bien, seguro, porque sabía que aun nos quedaban reservas. Ahora él se encargó de llevar el envase, para evitarme pasar más frío. Si bien, agradecí que no me haya cobijado (ya que eso hubiera roto el pacto que como desconocidos nos hubiera convertido en hermanos), también agradecí que procurara que las cosas fueran justas, dentro de lo posible.
Llegamos por fin al tan ansiado callejón. Nunca me explicó por qué era de las damas, ni lo pregunté, pero sólo me confesó que ese lugar le inspiraba tranquilidad, seguridad, que ahí nadie nos vería ni nos interrumpiría. A decir verdad no fue nada de lo que imaginaba, sino un simple callejón. Sin embargo, era un escenario tan perfecto para mí, no tenía salida, era oscurísimo, frío, con algunas puertas de lámina y ventanales rotos. Lo adornaban también escombros y restos de basura, tablas y fierros. Era un simple callejón, pero lo sentía como mi hogar, como si sus paredes grises me abrazaran, me cubrieran. Llegamos hasta donde la enorme pared cerraba el callejón. Buscamos un lugar dónde sentarnos pero todo parecía rociado de orines. El olor de aromas mezclados picaba en la nariz, pero de alguna forma me hacía sentir tranquilo. Lo observé con detenimiento y recordé qué tan bellas me parecen las cosas horribles. Lo que lastima, lo que transgrede, lo que insulta y molesta, también me fascina. Porque todo se mantiene en ese equilibrio. Era un callejón espeluznante, pero también atesoraba belleza.Oscar se encargó de pintar una pared más. –¿Tú no quieres mear wey?- me dijo, a lo lejos. –No, luego-. En verdad no quería hacerlo. Todos los estímulos distraían considerablemente mi atención. Entonces, al no encontrar un lugar dónde sentarnos, nos dirigimos a un conjunto de tubos que tal vez en algún momento formaron parte de un triciclo, como de esos de puesto de tamales. Aun tenía el asiento de la bicicleta; Oscar me ofreció sentarme ahí, mas la estructura me pareció tan frágil que permanecí de pie. Se sentó, abrió el envase con los dientes y bebió unos cuatro o cinco tragos profundos. En el silencio oscuro de la noche hacía eco su garganta al pasar de los tragos, uno tras otro, chocando con su boca, su lengua, moviendo la cerveza y haciéndola burbujas.
-Al rato voy por mi esposa, voy a desayunar también con mi suegra… voy a llegar cantándole, a su ventana, como cuando la conocí- decía mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa, lindísima. –A lo mejor se encabrona, porque le caga que llegue pedo, pero al rato se le quita… ya me conoce, que me gusta el desmadre… soy una pinche lacra, una pin-che la-cra, lo sé… pero a ella la quiero, es bien bonito-. Y así continuó, recordándola. –Y mis chavitos, quiero que sean bien chingones como yo… pero que se cuiden, que no se pierdan-, y suspiré, porque no había más belleza que eso, en medio de la mierda que imperaba en el ambiente. Sé que lo recordaré hasta que mi mente sea incapaz de recordar, hasta que pierda la capacidad de apreciar lo hermoso que puede ser lo deplorable. Lo recordaré.Bebí yo también apresurado, pues Oscar me indicó que faltaban 20 minutos para las 5, y quería llegar bien tempranito para despertar a su vieja. Y saboreé con detalle el pasar de los tragos por mi garganta. Pocas veces me concentraba en eso, pero este era el momento de empezar a disfrutarlo. No beber por beber, ni por buscar un estado de alteración mental que me permita olvidar, beber por el placer de experimentar en mi cuerpo la liberación de las ataduras que lo atormentan. Beber por el placer de someter mi cuerpo a voluntad de un extraño. Como algunos ya lo saben, soy ese perro sin dueño, y el alcohol me adueña, me hace dócil, me domina. Pero sabía también que tenía que mantenerme firme, disfrutar de esa sensación, no abusar de ella. Cumplir el ciclo, embriagarme y despertar. No perder el placer ni convertirlo en vicio.
En otros tres tragos más, Oscar dejó menos de un cuarto del envase, y me lo entregó. Me otorgó el beneficio de terminarlo. Y ahí comprendí otra cosa más: Nada es tan delicioso como poner fin a las cosas. Ese fin que marca el inicio de un nuevo transitar. Le puse fin, sin prisa y sonreí. Oscar sonrío conmigo y con exactitud dijo –eres un pinche desmadre también-. Y no dije nada, porque si lo fui o no lo fui, a nadie más le importa ya. Soy lo mismo que todo a mi alrededor, soy cambio. Tal vez fui sombra o fui luz, mas eso ya no importa, ahora soy simplemente yo.
Abandonamos el callejón de las damas, personalmente, lo abandoné con la total convicción de que jamás volvería a ese lugar de ensueño que fue testigo de la escena de dos borrachos alumbrados por la luna. Mas no prometí nada, pues ya minutos antes había experimentado la sensación de regresar a los mismos lugares de siempre. Simplemente estaba satisfecho de haber sobrevivido y saboreado la agridulce sensación de placer, de satisfacción y de plenitud. No volvería, pues tal vez ese lugar nunca existió y si acaso fue, no volverá a ser el mismo, pues ya nunca más seré yo el mismo, ni lo será Oscar, ni lo serán las situaciones que nos juntaron en algún momento de nuestro caminar. Tal vez mis pies algún día me llevarían de nuevo ahí, pero jamás volverá a ser lo mismo. Será el tatuaje que llevaré en la piel, que como los que cubren la piel de Oscar, me hará recordar que nada vuelve a ser exactamente fiel, pues yo mismo por el hecho de haber estado ahí, ya estaba cambiando. Lo recordaré, también.
Caminamos presurosamente y perdí la pista del callejón, de nuevo estaba perdido, pero seguía fielmente a Oscar. Platicábamos sobre qué curioso había sido el hecho de conocernos, y me insistió en que pasara a visitarlo “un día de estos”. Era sincero, lo sé, y le aseguré que iría a visitarlo “un día de estos”, aunque no estuviera completamente convencido de ello, ni él tampoco de que lo haría. Caminamos más, y empecé a reconocer las calles. Pronto desembocamos en la calle de 5 de mayo hasta llegar al cruce con Eje Central. Oscar paró súbitamente su rápida marcha y subió unas pequeñas escaleras que dan una vista panorámica a la Alameda Central y al
Palacio de Bellas Artes. Se sentó ahí, frente al paisaje y me dijo –Cuánto tiempo echa a perder uno, en pendejadas, cuando uno tiene un paisaje así ni lo aprecia, ni lo valora por andar de pinche lacra. A veces vengo acá a mirarlo, no sé por qué-. Lo miré a él, y lo iluminaban ligeramente las luces de los postes, blancas. Dirigí la mirada al paisaje y entendí sus palabras. No era el Palacio, con su imponente estructura lo que me provocaba admiración, ni las luces que de noche lo resaltan y engalanan sino el hecho de tomar pocos minutos del cotidiano vivir de la ciudad para detenerse y pararlo todo, el tráfico, las obligaciones, los placeres, los vicios, los sufrimientos y los recuerdos para congelarlos todos en una imagen. Poco a poco iba recolectando las piezas del rompecabezas que durante esa noche se me habían presentado. Al momento de armarlas comprendí lo que me hacía falta. No había comenzado el recorrido con la intención de descubrirlo, solo vino a mí. Pero era evidente la razón de mi salida, estaba buscando sin buscar el impulso que me hiciera renacer. Lo asumí, lo comprendí y callé de nuevo, para quedarme junto a Oscar a contemplar el tiempo pasar. Faltaban pocos minutos para el amanecer.Continuamos la marcha, por los pasillos de la Alameda Central, y yo miraba solo al piso, y las formas caprichosas que nuestras sombras dibujaban al contraste de la luz. Oscar hablaba más y más, pero ya no quería escucharlo, ya tenía lo que me hacía falta, ya no necesitaba más. Cada paso nos acercaba a la despedida, y cada uno era una mordida que me consumía. El ritual de absorción estaba por terminar. Me tragaba. Un paso más y mi sombra se iba desvaneciendo, haciéndose chiquita, me tragaba por instantes, lento. Me estaba acabando, y solo veía su sombra cubrir la mía, despojarme de mi espacio. Nos acercábamos más a la estación del Metro Hidalgo, punto que ambos habíamos acordado como el lugar de despedida. Yo esperaría ahí al amanecer, al calor que me iluminara y pusiera fin e inicio a mi ciclo. Él iría a buscar a su esposa, tal vez pensando que había pasado una noche de peda más, una noche cualquiera. Guardé mi reflexión en esa cajita que me acompaña, no compartí nada de esto con él. Tal vez ahora que lo pienso pueda ser injusto, pues nunca sabrá que esa noche abrí los ojos, que para mí no fue una noche más. Pero sé que a nadie más le parecerá primordial, a nadie más que a mí. Dimos unos pasos más y me tragó por completo, abría y cerraba su boca, me tragó hasta los huesos, me absorbió y me quemó. Se despidió, pero en mí ya no quedaba nada, todo me lo había absorbido. –Estoy en el “38-b”, para lo que necesites- dijo, no sé por qué. –¿En el qué?-, repliqué. –En el 38-b-, Plaza Meave-. El silencio nos volvió a envolver, pero ahora sí era el punto final. Le dije adiós a él y a las cosas de mí que se había llevado, las que ya no necesitaba y que me hicieron abrir los ojos al amanecer, al amanecer en mi corazón. –Gracias- dije, con absoluta franqueza. Dio la vuelta, caminó y lo alcancé para decir -¿qué número dijiste?-. Lo repitió, di la vuelta y lo olvidé.

Fin.
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11.06.2008
Notas de un CSR

"Regrésame mis minutos!"
(by Daniel Zavala)
(by Daniel Zavala)
Me saldré un poco del mood general de este blog repleto de canciones nostálgicas para asentar en la red global algunas experiencias de mi cotidiano vivir.
De los ya varios meses que llevo sentado ante una computadora, con una diadema atado a dedicar mi atención a llamadas telefónicas de empresas exitosas a base de la mano de obra barata, he recogido innumerables experiencias que han cambiado, en sentido estricto, mi manera de pensar las relaciones humanas.
Y es que uno pensaría que trabajar en un call center puede resultar por demás aburrido, tedioso, monótono e incluso frustrante, a lo cual yo respondería: ¿qué no la vida misma en la ciudad está condenada a ese vicio? No entraré en detalles sobre las pocas opciones de variación en la vida citadina, pero sí dedicaré unas líneas a describir lo que en mi camino como customer service representative (de ahí el CSR) ha dejado huella en mí.
Primero que nada, solo para adentrar al que está del otro lado leyendo, he de precisar que mi trabajo fue contratado por una importante empresa de contacto en México (sí,el maravilloso país malbaratado) propiedad de ese magnate telefónico dueño del país, que a un bajo (o contrabajo) costo, vende sus servicios (y por consecuencia, el mío) a una compañía de telefonía celular "americana" que de aquí en adelante denominaré "La compañía unlimitada".
Dicha compañía que no conoce límites también es muy baratera, y sus planes son tan accesibles que hasta los marginados tienen uno. Sin embargo, es curiosa la amplia gama de usos, desusos, prioridades y negocios, relaciones personales, destructivas y hasta insanas que los respetables clientes ponen en manos de la compañía unlimitada. Para ejemplificar, he aquí un script de una llamada real sobre crédito que se agregó para hacer una llamada internacional (nótese que los nombres y datos personales han sido modificados, a fin de no herir suceptibilidades) la cual, en los pocos segundos que transcurren entre el final y el inicio de otra llamada me hizo exclamar "mierda!":
CSR: "Hola, es un GRAN día aquí en la compañía unlimitada, mi nombre es "el señor unlimitado" ID# 6969, cómo le puedo ayudar?"
José: Para mí no es un gran día, me puede comunicar con Mayra ID# 0000? quiero hablar con ella!
CSR: Lamento el inconveniente, en este caso no puedo comunicarle con esa persona, porque pertenece a otro centro y este centro no me permite hacer o transferir...
José: No quiero hablar con usted, páseme a Mayra!
CSR: lo siento, lamentablemente no puedo, sin embargo, me puede decir en qué le puedo ayudar?
José: Sí, quiero que me regrese mi dinero, acabo de pagar 10 dólares y no puedo llamar a Cuba, apenas entra la llamada, no se oye nada y se me acabaron mis minutos! regréseme mis minutos!! no me importa cómo le haga, quiero-mis-minutos!! (el cliente comienza a alzar el tono de su voz al grado de la agresividad)
CSR: Señor, lamento su situación, pero de hecho la compañía unlimitada no hace devoluciones de dinero, pero con mucho gusto le explico lo que sucede con su cuenta...
José: Que no quiero que me explique nada, regréseme mi dinero, rata!!... porque eso es lo que son unas ratas!
CSR: Señor, le pido que modere su lenguaje o me veré forzado a terminar la llamada...
José: no voy a moderar nada, maricón! que quiero que me regrese mis minutos, me importa madres cómo le haga, esta compañía está llena de ratas, y usted me va a regresar mi dinero!
CSR: bien, como le había comentado, la compañía unlimitada no hace devoluciones de dinero...
José: entonces chingas a tu madre, maricón!
He aquí el momento en el que, de acuerdo a los guidelines de la empresa, uno como CSR puede finalizar la llamada, valiéndole verga el sufrimiento, ira, angustia o minutos del respetable cliente-
CSR: Señor, en este momento tendré que desconectar esta llamada. Agradecemos su preferencia por la compañía unlimitada (o seaa!!), que tenga excelente día! =D
José: Óyeme tú maricón, que me cuelgas y te vas a acordar de mí!!... Helloo!... hellooo!!
-- fin de la llamada --
Sé que esto podría parecer de lo más cotidiano en un empleo como este, pero mi imaginación vuela y se amplifica al analizarla con detalle.
Primero que nada, me queda claro que muchas personas que llaman a las tan odiadas líneas de atención a clientes, lo hacen con una ligera sospecha de que del otro lado de la bocina hay una señorita con traje sastre perfectamente planchado, con sonrisa colgate y con genuina actitud de servicio y cuyo personal consiste en no más de 20 personas. O al menos yo algún día llegué a pensarlo. Y la imagen real de nuestro amado call center es tan cómica que hasta yo laboro ahí. Y bueno, tomando en cuenta los más de 8 call centers de la compañía unlimitada, es imposible saber quién chingados es la tal Mayra.
Aunque hay muchos puntos que me parecen rescatables de esta llamada (por ejemplo, los clientes en crisis o profundamente encabronados, las políticas de la compañía, etc) el que sin duda me hizo reflexionar fue el "devuélveme mis minutos".
Me remonté a esos momentos en los que maldigo con singular fervor a los teléfonos públicos que se 'tragan' mis tres monedas, mi tiempo y me dejan con un amargo sabor de boca lleno de majaderías. Me remonté pues, a la idea del malgasto y de cómo eso, en ambientes propicios, puede generar una respuesta, un cambio en una persona.
En este caso, el señor de los minutos había llegado al punto de la ira, con su célebre frase "devuélveme mis minutos", porque tal vez con ellos se fue su dinero, y una expectativa que había puesto en esa llamada que quería realizar. Tal vez se sintió engañado, y por eso utilizó calificativos como 'rata' o 'maricón' (cosa que hasta cierto punto me excitó... just kidding! jaja). Pero como a la empresa le vale todo esto y es cruel y fría como la vida misma, se encargó de ponerlo en el lugar correcto.
"Señor, no hacemos devoluciones de dinero", es tan cierto. Las oportunidades pasan frente a uno, se las percibe, se las añora, se las aprovecha o desaprovecha, y nunca vuelven a pasar. Como los minutos, son 10 y no regresan. Los usas o no. Y para desgracia de unos (José) o fortuna de otros (Compañía unlimitada), jamás regresan. Inmediatamente en mi mente convertí las monedas que eché al teléfono tragón, en el dinero que malgasté en vicios mundanos, egoístas y efímeros, que como el teléfono, me fueron tragando a mí. Convertí al teléfono tragón en esa máquina interna, la que te hace ser una persona, el vehículo que te permite materializar tus deseos, porque puede ser así de engañosa, de tramposa. Y añoré tener mis monedas, mis minutos de regreso. Me invadió la ira y grité: "y mis minutos?!" Y la vida me dijo que no hace devoluciones, los usaste, o malgastaste, y ahí estuvieron. No volverán. Y fue cuando, con un balde de agua fría encima exclamé "mierda!"... para inmediatamente volver: "Hola, es un GRAN día en la compañía unlimitada..."
De los ya varios meses que llevo sentado ante una computadora, con una diadema atado a dedicar mi atención a llamadas telefónicas de empresas exitosas a base de la mano de obra barata, he recogido innumerables experiencias que han cambiado, en sentido estricto, mi manera de pensar las relaciones humanas.
Y es que uno pensaría que trabajar en un call center puede resultar por demás aburrido, tedioso, monótono e incluso frustrante, a lo cual yo respondería: ¿qué no la vida misma en la ciudad está condenada a ese vicio? No entraré en detalles sobre las pocas opciones de variación en la vida citadina, pero sí dedicaré unas líneas a describir lo que en mi camino como customer service representative (de ahí el CSR) ha dejado huella en mí.
Primero que nada, solo para adentrar al que está del otro lado leyendo, he de precisar que mi trabajo fue contratado por una importante empresa de contacto en México (sí,el maravilloso país malbaratado) propiedad de ese magnate telefónico dueño del país, que a un bajo (o contrabajo) costo, vende sus servicios (y por consecuencia, el mío) a una compañía de telefonía celular "americana" que de aquí en adelante denominaré "La compañía unlimitada".
Dicha compañía que no conoce límites también es muy baratera, y sus planes son tan accesibles que hasta los marginados tienen uno. Sin embargo, es curiosa la amplia gama de usos, desusos, prioridades y negocios, relaciones personales, destructivas y hasta insanas que los respetables clientes ponen en manos de la compañía unlimitada. Para ejemplificar, he aquí un script de una llamada real sobre crédito que se agregó para hacer una llamada internacional (nótese que los nombres y datos personales han sido modificados, a fin de no herir suceptibilidades) la cual, en los pocos segundos que transcurren entre el final y el inicio de otra llamada me hizo exclamar "mierda!":
CSR: "Hola, es un GRAN día aquí en la compañía unlimitada, mi nombre es "el señor unlimitado" ID# 6969, cómo le puedo ayudar?"
José: Para mí no es un gran día, me puede comunicar con Mayra ID# 0000? quiero hablar con ella!
CSR: Lamento el inconveniente, en este caso no puedo comunicarle con esa persona, porque pertenece a otro centro y este centro no me permite hacer o transferir...
José: No quiero hablar con usted, páseme a Mayra!
CSR: lo siento, lamentablemente no puedo, sin embargo, me puede decir en qué le puedo ayudar?
José: Sí, quiero que me regrese mi dinero, acabo de pagar 10 dólares y no puedo llamar a Cuba, apenas entra la llamada, no se oye nada y se me acabaron mis minutos! regréseme mis minutos!! no me importa cómo le haga, quiero-mis-minutos!! (el cliente comienza a alzar el tono de su voz al grado de la agresividad)
CSR: Señor, lamento su situación, pero de hecho la compañía unlimitada no hace devoluciones de dinero, pero con mucho gusto le explico lo que sucede con su cuenta...
José: Que no quiero que me explique nada, regréseme mi dinero, rata!!... porque eso es lo que son unas ratas!
CSR: Señor, le pido que modere su lenguaje o me veré forzado a terminar la llamada...
José: no voy a moderar nada, maricón! que quiero que me regrese mis minutos, me importa madres cómo le haga, esta compañía está llena de ratas, y usted me va a regresar mi dinero!
CSR: bien, como le había comentado, la compañía unlimitada no hace devoluciones de dinero...
José: entonces chingas a tu madre, maricón!
He aquí el momento en el que, de acuerdo a los guidelines de la empresa, uno como CSR puede finalizar la llamada, valiéndole verga el sufrimiento, ira, angustia o minutos del respetable cliente-
CSR: Señor, en este momento tendré que desconectar esta llamada. Agradecemos su preferencia por la compañía unlimitada (o seaa!!), que tenga excelente día! =D
José: Óyeme tú maricón, que me cuelgas y te vas a acordar de mí!!... Helloo!... hellooo!!
-- fin de la llamada --
Sé que esto podría parecer de lo más cotidiano en un empleo como este, pero mi imaginación vuela y se amplifica al analizarla con detalle.
Primero que nada, me queda claro que muchas personas que llaman a las tan odiadas líneas de atención a clientes, lo hacen con una ligera sospecha de que del otro lado de la bocina hay una señorita con traje sastre perfectamente planchado, con sonrisa colgate y con genuina actitud de servicio y cuyo personal consiste en no más de 20 personas. O al menos yo algún día llegué a pensarlo. Y la imagen real de nuestro amado call center es tan cómica que hasta yo laboro ahí. Y bueno, tomando en cuenta los más de 8 call centers de la compañía unlimitada, es imposible saber quién chingados es la tal Mayra.
Aunque hay muchos puntos que me parecen rescatables de esta llamada (por ejemplo, los clientes en crisis o profundamente encabronados, las políticas de la compañía, etc) el que sin duda me hizo reflexionar fue el "devuélveme mis minutos".
Me remonté a esos momentos en los que maldigo con singular fervor a los teléfonos públicos que se 'tragan' mis tres monedas, mi tiempo y me dejan con un amargo sabor de boca lleno de majaderías. Me remonté pues, a la idea del malgasto y de cómo eso, en ambientes propicios, puede generar una respuesta, un cambio en una persona.
En este caso, el señor de los minutos había llegado al punto de la ira, con su célebre frase "devuélveme mis minutos", porque tal vez con ellos se fue su dinero, y una expectativa que había puesto en esa llamada que quería realizar. Tal vez se sintió engañado, y por eso utilizó calificativos como 'rata' o 'maricón' (cosa que hasta cierto punto me excitó... just kidding! jaja). Pero como a la empresa le vale todo esto y es cruel y fría como la vida misma, se encargó de ponerlo en el lugar correcto.
"Señor, no hacemos devoluciones de dinero", es tan cierto. Las oportunidades pasan frente a uno, se las percibe, se las añora, se las aprovecha o desaprovecha, y nunca vuelven a pasar. Como los minutos, son 10 y no regresan. Los usas o no. Y para desgracia de unos (José) o fortuna de otros (Compañía unlimitada), jamás regresan. Inmediatamente en mi mente convertí las monedas que eché al teléfono tragón, en el dinero que malgasté en vicios mundanos, egoístas y efímeros, que como el teléfono, me fueron tragando a mí. Convertí al teléfono tragón en esa máquina interna, la que te hace ser una persona, el vehículo que te permite materializar tus deseos, porque puede ser así de engañosa, de tramposa. Y añoré tener mis monedas, mis minutos de regreso. Me invadió la ira y grité: "y mis minutos?!" Y la vida me dijo que no hace devoluciones, los usaste, o malgastaste, y ahí estuvieron. No volverán. Y fue cuando, con un balde de agua fría encima exclamé "mierda!"... para inmediatamente volver: "Hola, es un GRAN día en la compañía unlimitada..."
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10.26.2008
I'll never be the same
21
by 3avala
Y en la escalera de la vida he llegado a los 21 escalones. Sé que a nadie le parecerá tan vital lo que representa un paso más, a nadie más que a mí. Eso precisamente soy, soy cambio y movimiento impulsado por los vientos de desengaños que desembocan en el camino por donde transita mi cuerpo, metamorfeado en esa dicotomía de fuerza de juventud y fragilidad evidente. Me reconozco en mi cuerpo, las marcas y rincones en donde habitan las vivencias y las esperanzas, que son reflejo material de mi reconocimiento interno. Son mis manos las que hacen posible la transformación de mi mente en lo material que van dirigidas a un objetivo muy claro, a ese oasis de la satisfacción y realización; y soy yo, en ese rincón interno lo que me ha moldeado el desengaño. Jamás volveré a ser el mismo. Es el paso del tiempo que acompaña a las experiencias lo que me ha convertido en esto que hoy manifiesto, y jamás volveré a ser el mismo. Soy desengaño, convertido en materia, y jamás volveré a ser el mismo.by 3avala
-> El Soundtrack aquí, a cargo de la Holiday <-
I'll never be the same
guys have lost their meaning for me
I'll never be the same
Nothing is what it once used to be
And when songbirds that sing
tell me it's spring, I can't beleive their song
Once love was king but kings can be wrong.
Lo voy a dividir
Esta será la última canción
que canto, para ti
ya me decidí, lo pensé bien
no puedo más seguir así
Ahora quiero ser libre como antes
como siempre fui
porque ya me cansé de estar queriendo
a quien no me quiere a mí
De ahora en adelante cambiaré
mi forma de vivir
todo el cariño tan inmenso
que guardaba para ti
lo voy a dividir
Con gente muy diferente
a tu manera de pensar y de sentir
y te repito que el cariño que guardaba para ti
lo voy a dividir
lo voy a dividir.
que canto, para ti
ya me decidí, lo pensé bien
no puedo más seguir así
Ahora quiero ser libre como antes
como siempre fui
porque ya me cansé de estar queriendo
a quien no me quiere a mí
De ahora en adelante cambiaré
mi forma de vivir
todo el cariño tan inmenso
que guardaba para ti
lo voy a dividir
Con gente muy diferente
a tu manera de pensar y de sentir
y te repito que el cariño que guardaba para ti
lo voy a dividir
lo voy a dividir.
10.07.2008
El andén

¿Por qué no voy a luchar por tu amor, si no tengo na' que perder? Si no me lo das tú otro lo hará y volveré como siempre, a sentirme bien, porque sin amor yo no vivo, soy como el nido, desaparecido, los recuerdos olvidados, el mal sabor más escuchado, los asesinatos sin testigo. No mendigo, sólo pido, porque tengo mucho qué ofrecer. Ahí está el placer de saber ese ruido, aunque me equivoque todo vale, mi mente en vilo desde el principio con la verdad a cuestas, me acuesto con los mismiticos que me levanté, soy lo mismo que ayer, soy lo que me enseñaron los viejos y viejas que escuché, déjamelo hacer, yo creo que está bien, nunca es tarde pa' rectificar...
Pierdo esta puerta pero estoy en el andén
yo aquí no me muevo
no pienso perder el tren
tengo las palabras mágicas...
9.28.2008
Icnocuicatl

Mostla ... Queman nehuatl nionmiquis Arno queman ximocueso, Nican ... Ocsepa nican niohualas Cualtzin huitzitzilin Nimocuepas. Soatzin ... Queman ticonitas tonatiu Ica moyolo xionpaqui, Ompa ... Ompa niyetos ihuan totahtzin Cualtzin tlahuili Nimitzmacas.
(Traducción en español)
Mañana.
Mañana cuando parta.
Yo no quiero que usted este triste.
Para este lugar
Para este lugar voy a volver.
Voy a venir en la forma de un colibrí.
Mujer.
Al mirar hacia el sol
Sonrie con felicidad.
Existire.
Existire junto a nuestro padre.
Una buena luz voy a enviar para ti...
Corazón Maldito
por qué palpitas, sí,
por qué palpitas,
como una campana
que se encabrita, sí,
que se encabrita.
Por qué palpitas.
No ves que la noche
La paso en vela, sí,
la paso en vela,
como en mar violento
la carabela, sí,
la carabela.
Tú me desvelas.
Cuál es mi pecado
pa maltratarme, sí,
pa maltratarme,
como el prisionero
por los gendarmes,
sí, por los gendarmes.
Quieres matarme.
Pero a ti te ocultan
duras paredes, sí,
duras paredes
y mi sangre oprimes
entre tus redes, sí,
entre tus redes.
Por qué no cedes.
Corazón maldito
sin miramiento, sí,
sin miramiento,
ciego, sordo y mudo
de nacimiento, sí,
de nacimiento.
Me das tormento.
8.31.2008
Mamá
Por: Daniel Zavala
En el manto oscuro de la noche, iluminado suavemente por los anuncios, los coches, los bares y las cantinas cargo en mi espalda con un montón de palabras, de historias, de desengaños. Ahí están todas las cosas vividas, sufridas y lamentadas, atrás de mí, caminando como junto conmigo, somos dos y somos nada mas que sombra transitando en la ciudad. Y a veces duele ese peso, de tanto cargar, tanto duele que suelo dejarlo un ratito, recargado en el suelo, le pido que me espere mientras bebo lentamente. Me espera y me recuerda que ahí está, que no lo puedo dejar. Claro que no lo puedo dejar! es eso que me hace sufrir lo que me recuerda que aun estoy vivo, que sobrevivo a pesar de eso, porque es por eso es que sobrevivo.
En un nudo se juntan la cerveza, la angustia, el coraje y el grito ahogado. Todos en el caótico tránsito de entrar o salir, que explotar, desgarrarse como no han podido. Pero se estorban, y ninguno sale, solo están anudándose. Como el caótico tránsito que hay afuera de esta cantina. Porque en la noche el respeto ya puede olvidarse un ratito también. Yo al menos procuro olvidarlo, y ya no me siento comprometido. Soy como una hoja buscando el viento que lo mueva. Y ya no siento la necesidad de respetar a nadie tampoco, soy, entonces, simplemente yo.
Sonrío, pidiendo que me falten al respeto. Es eso lo que quiero, lo que deseo, ser deseo y ser querido. No respeto, eso se gana con el tiempo, el esfuerzo y la coherencia. Y eso no me llena. Yo mismo soy una falta de respeto, contra mí, porque mis pasos solo me han conducido a este constante sentimiento de vacío, de insatisfacción. Mis propios pasos me han llevado al terreno de las angustias. Y sonrío, de nuevo, y el disimulo desvanece mi agonía.
Dos y tres chelas más, suben y me vuelven loco. Veo las caras de la gente a mi al rededor. Ahí están todos! Son mis amores, locos y fugaces, me miran y los veo como la primera vez. Son ellos, mis amigos, los que nunca tuve, los que me traicionaron. Ahí están todos y me saludan, pero no me reconocen. Me he convertido en una versión fatídica de mí mismo. No soy yo. Soy el peso que me abruma, que se vuelve a trepar en mi espalda; no soy yo, soy el desengaño, plano, triste, ese soy.
El nudo aprieta, sé que aguanta, pero sé hasta dónde. Resistir el desconsuelo emocional es mi talento y mi debilidad. Por es eso lo que pesa. Y aprieta más. Duele. Bebo más, para calmarlo. Ya mis amigos se fueron, y en su lugar están un montón de hombres miserables. Dan lástima. Entre ellos yo.
En la puerta viene entrando. Sí, es ella. Es como un ángel, como caído del cielo. No, más bien viene de abajo, de donde se sufre y donde se curte ante el dolor. Viene desde abajo, escalando, fuerte, poderosa. Es su cara la más grande lección de resistencia, de aguante. Y su vestido blanco alardea su perfección, ilumina todo al rededor y todo en mi interior. Es ella. Camina lento, y sin hacer ruido, como es su costumbre, y porque no tiene prisa. La calma es su mayor virtud. Se acerca tiernamente a mí y me mira. Sí me reconoce, porque sabe que soy yo, sabe quién soy, de dónde vengo y voy. No es fácil amarme, pero ella asume el reto. Me mira los pies y sabe por dónde he andado. Me mira las manos, y sabe lo que he trabajado; me mira los labios y sabe lo que he hablado; me mira a los ojos y lloro. Lloro como un niño, como haciendo un berrinche, lloro como sin consuelo. Y grito y hasta pataleo, soy un niño. No la invade la angustia, y serenamente me abraza y dice "¿por qué lloras?". No la invade la angustia, o al menos eso parece. Es su calma la que me calma. Y no es como otros, que repiten "ya no llores, cálmate". No. Yo lloro, mamá, porque se me olvidó quién soy. Yo lloro, mamá, porque perdí la cabeza, perdí el corazón, y ahora ya no sé quién soy. Yo lloro porque mis pasos me han traído hasta aquí y ahora sólo siento vergüenza. Ya no dice nada. Es su silencio el que me calla.
En el manto oscuro de la noche, iluminado suavemente por los anuncios, los coches, los bares y las cantinas cargo en mi espalda con un montón de palabras, de historias, de desengaños. Ahí están todas las cosas vividas, sufridas y lamentadas, atrás de mí, caminando como junto conmigo, somos dos y somos nada mas que sombra transitando en la ciudad. Y a veces duele ese peso, de tanto cargar, tanto duele que suelo dejarlo un ratito, recargado en el suelo, le pido que me espere mientras bebo lentamente. Me espera y me recuerda que ahí está, que no lo puedo dejar. Claro que no lo puedo dejar! es eso que me hace sufrir lo que me recuerda que aun estoy vivo, que sobrevivo a pesar de eso, porque es por eso es que sobrevivo.
En un nudo se juntan la cerveza, la angustia, el coraje y el grito ahogado. Todos en el caótico tránsito de entrar o salir, que explotar, desgarrarse como no han podido. Pero se estorban, y ninguno sale, solo están anudándose. Como el caótico tránsito que hay afuera de esta cantina. Porque en la noche el respeto ya puede olvidarse un ratito también. Yo al menos procuro olvidarlo, y ya no me siento comprometido. Soy como una hoja buscando el viento que lo mueva. Y ya no siento la necesidad de respetar a nadie tampoco, soy, entonces, simplemente yo.
Sonrío, pidiendo que me falten al respeto. Es eso lo que quiero, lo que deseo, ser deseo y ser querido. No respeto, eso se gana con el tiempo, el esfuerzo y la coherencia. Y eso no me llena. Yo mismo soy una falta de respeto, contra mí, porque mis pasos solo me han conducido a este constante sentimiento de vacío, de insatisfacción. Mis propios pasos me han llevado al terreno de las angustias. Y sonrío, de nuevo, y el disimulo desvanece mi agonía.
Dos y tres chelas más, suben y me vuelven loco. Veo las caras de la gente a mi al rededor. Ahí están todos! Son mis amores, locos y fugaces, me miran y los veo como la primera vez. Son ellos, mis amigos, los que nunca tuve, los que me traicionaron. Ahí están todos y me saludan, pero no me reconocen. Me he convertido en una versión fatídica de mí mismo. No soy yo. Soy el peso que me abruma, que se vuelve a trepar en mi espalda; no soy yo, soy el desengaño, plano, triste, ese soy.
El nudo aprieta, sé que aguanta, pero sé hasta dónde. Resistir el desconsuelo emocional es mi talento y mi debilidad. Por es eso lo que pesa. Y aprieta más. Duele. Bebo más, para calmarlo. Ya mis amigos se fueron, y en su lugar están un montón de hombres miserables. Dan lástima. Entre ellos yo.
En la puerta viene entrando. Sí, es ella. Es como un ángel, como caído del cielo. No, más bien viene de abajo, de donde se sufre y donde se curte ante el dolor. Viene desde abajo, escalando, fuerte, poderosa. Es su cara la más grande lección de resistencia, de aguante. Y su vestido blanco alardea su perfección, ilumina todo al rededor y todo en mi interior. Es ella. Camina lento, y sin hacer ruido, como es su costumbre, y porque no tiene prisa. La calma es su mayor virtud. Se acerca tiernamente a mí y me mira. Sí me reconoce, porque sabe que soy yo, sabe quién soy, de dónde vengo y voy. No es fácil amarme, pero ella asume el reto. Me mira los pies y sabe por dónde he andado. Me mira las manos, y sabe lo que he trabajado; me mira los labios y sabe lo que he hablado; me mira a los ojos y lloro. Lloro como un niño, como haciendo un berrinche, lloro como sin consuelo. Y grito y hasta pataleo, soy un niño. No la invade la angustia, y serenamente me abraza y dice "¿por qué lloras?". No la invade la angustia, o al menos eso parece. Es su calma la que me calma. Y no es como otros, que repiten "ya no llores, cálmate". No. Yo lloro, mamá, porque se me olvidó quién soy. Yo lloro, mamá, porque perdí la cabeza, perdí el corazón, y ahora ya no sé quién soy. Yo lloro porque mis pasos me han traído hasta aquí y ahora sólo siento vergüenza. Ya no dice nada. Es su silencio el que me calla.
8.16.2008
Somos
Somos un sueño imposible que busca la noche
para olvidarse del mundo, del tiempo y de todo
somos en nuestra quimera doliente y dormida
dos hojas que el viento juntó en el otoño
Somos dos seres que amando se mueren
para guardar en secreto lo mucho que quieren
pero qué importa la vida con esta separación
somos dos gotas de llanto en una canción
Nada más eso somos
nada más!
para olvidarse del mundo, del tiempo y de todo
somos en nuestra quimera doliente y dormida
dos hojas que el viento juntó en el otoño
Somos dos seres que amando se mueren
para guardar en secreto lo mucho que quieren
pero qué importa la vida con esta separación
somos dos gotas de llanto en una canción
Nada más eso somos
nada más!
8.10.2008
¿Dónde estás, papá?
¿Dónde estás, papá?
No vuelves, ¿por qué?
y el silencio de mi alma
hay vacío sin ti, papá
¿Dónde estás, papá?
¿A quién puedo decir, papá?
Al cielo azul o negro
en la noche de mi alma, papá
quiero llorar para siempre, papá
Ahora me siento pequeño
Ahora pequeño para la vida
Ahora me siento pequeño
pequeño sin ti, papá
¿Dónde estás, papá?
Cierro los ojos y sueño
en el gran desierto de mi alma
yo vengo hacia ti con el viento, papá
Estoy cerca de ti
en el silencio cariñoso
hola, papá
tú eres mi fuerza, mi valor, mi orgullo
y caminamos juntos, para siempre
Estoy cerca de ti
en el silencio envolvente
querido papá
tú eres mi sangre, mi tierra, mi respiro
y caminamos juntos, para siempre
Si no vuelves
Si no puedes volver
yo te encontraré
Si no vuelves
yo te encontraré
para caminar juntos para siempre
No vuelves, ¿por qué?
y el silencio de mi alma
hay vacío sin ti, papá
¿Dónde estás, papá?
¿A quién puedo decir, papá?
Al cielo azul o negro
en la noche de mi alma, papá
quiero llorar para siempre, papá
Ahora me siento pequeño
Ahora pequeño para la vida
Ahora me siento pequeño
pequeño sin ti, papá
¿Dónde estás, papá?
Cierro los ojos y sueño
en el gran desierto de mi alma
yo vengo hacia ti con el viento, papá
Estoy cerca de ti
en el silencio cariñoso
hola, papá
tú eres mi fuerza, mi valor, mi orgullo
y caminamos juntos, para siempre
Estoy cerca de ti
en el silencio envolvente
querido papá
tú eres mi sangre, mi tierra, mi respiro
y caminamos juntos, para siempre
Si no vuelves
Si no puedes volver
yo te encontraré
Si no vuelves
yo te encontraré
para caminar juntos para siempre
8.01.2008
Como un duende
Meditando, yo
me di cuenta que
aunque esté sin ti
a tu lado voy.
Como un duende yo sigo tus pasos,
con mi mente voy siempre contigo
ahuyentando pecado y fracasos,
evitando que el negro destino
se te acerque y te atrape en tus lazos.
Porque quiero que a tu alma de santa
no contagie la maldad del mundo;
porque ahora que te siento mía,
cada vez es mi amor más profundo.
Como un duende yo sigo tus pasos,
para ver si tan sólo eres mía
o repartes tu amor en pedazos.
me di cuenta que
aunque esté sin ti
a tu lado voy.
Como un duende yo sigo tus pasos,
con mi mente voy siempre contigo
ahuyentando pecado y fracasos,
evitando que el negro destino
se te acerque y te atrape en tus lazos.
Porque quiero que a tu alma de santa
no contagie la maldad del mundo;
porque ahora que te siento mía,
cada vez es mi amor más profundo.
Como un duende yo sigo tus pasos,
para ver si tan sólo eres mía
o repartes tu amor en pedazos.
7.31.2008
El son sin fin

Anoche te vi pasar
por la esquina de mis sueños
y me pareció pequeño
el mundo para soñar
porque quería ser tu dueño
Pasa la noche
cruza el sereno
suenan las notas
de aquel clarín
¡canten y bailen!
con jaranero
¡no tiene fin!
Viento de la madrugada
que viaja con este canto
para que escuche mi amada
que la estoy queriendo tanto
y es que su mirar me agrada
No tiene fin!
7.23.2008
Detalles
Yo se que otro debe estar hablando, a tu oído
Palabras de amor como yo te hablé, mas yo dudo
Yo dudo que él tenga tanto amor y hasta la forma de mi decir
Y en esta hora tú vas... a acodarte de mí.
7.22.2008
Amar y vivir
¿Por qué no han de saber
que te amo vida mía?
¿Por qué no he de decirlo
si fundes tu alma, con el alma mía?
¿Qué importa si después
me ven llorando un día?
Si acaso me preguntan
diré que te quiero
mucho todavía
Se vive solamente una vez
hay que aprender a querer y a vivir
hay que saber que esta vida
se aleja y nos deja
llorando quimeras
No quiero arrepentirme después
de lo que pudo haber sido y no fue
Quiero gozar esta vida
teniéndote cerca
de mí hasta que muera
que te amo vida mía?
¿Por qué no he de decirlo
si fundes tu alma, con el alma mía?
¿Qué importa si después
me ven llorando un día?
Si acaso me preguntan
diré que te quiero
mucho todavía
Se vive solamente una vez
hay que aprender a querer y a vivir
hay que saber que esta vida
se aleja y nos deja
llorando quimeras
No quiero arrepentirme después
de lo que pudo haber sido y no fue
Quiero gozar esta vida
teniéndote cerca
de mí hasta que muera
Vuelvo al sur

Vuelvo al sur
como se vuelve siempre al amor
vuelvo a vos
con mi deseo
con mi temor
Llevo el sur
como un destino del corazón
soy del sur
como los aires del bandoneón
Sueño el sur
inmensa luna
cielo al revés
Busco el sur
el tiempo abierto
y su después
Quiero al sur
su buena gente
su dignidad
Siento el sur
como tu cuerpo
en la intimidad
Te quiero, sur
Sur...
como se vuelve siempre al amor
vuelvo a vos
con mi deseo
con mi temor
Llevo el sur
como un destino del corazón
soy del sur
como los aires del bandoneón
Sueño el sur
inmensa luna
cielo al revés
Busco el sur
el tiempo abierto
y su después
Quiero al sur
su buena gente
su dignidad
Siento el sur
como tu cuerpo
en la intimidad
Te quiero, sur
Sur...
7.19.2008
Olvida

Por Daniel Zavala
Ya se fueron. Salieron corriendo, buscando el lugar donde tienen que estar, en el olvido. Tengo frío, mi piel está pálida y mi cabeza llena de sangre. No sé ni por qué razón estoy en el suelo, junto a un charco, ya no recuerdo. Pero estoy tranquilo, no sé por qué, pero siento libre mi pasado, mi cuerpo, como si se hubiera escapado el dolor. Ya no hay más. Estoy conciente y alegre. Trataba de olvidarte cada noche y día sin lograrlo. Pero me hacía falta un impulso, un golpe, que te sacara de una buena vez. Olvida y perdona, no hay mejor cura para el alma, ni mejor recompensa que llegue el día en el que el pasado ya no duela.
Parole, Parole
TRADUCCIÓN
Es extraño, no sé que me pasa en esta tarde, te veo como si fuera la primera vez...
De nuevo esas palabras, siempre palabras, las mismas palabras
No conozco otra forma de decírtelo
Nada más que palabras
Pero tú eres esa hermosa historia de amor... que nunca dejaré de leer
Esas palabras fáciles, esas palabras frágiles, fue muy hermoso
Eres de ayer y de mañana
Realmente hermosas
Como siempre, mi única verdad
Pero el tiempo de los sueños se acabó. Los recuerdos desvanecen así como una vez los olvidamos
Tú eres como el viento, que hace a los violines cantar y lleva el aroma de rosas muy lejos
Caramelos, bombones y chocolates
A veces no te comprendo
Gracias, no para mí
pero puedes ofrecérselos a alguien más
que ame el viento y el aroma a rosas. Para mí, las tiernas palabras envueltas en dulzura se colocan en mi boca, pero nunca en mi corazón
Una palabra más
Palabras, palabras, palabras
Escúchame
Palabras, palabras, palabras
Te lo ruego
Palabras, palabras, palabras
Te lo juro
Palabras, palabras, palabras, palabras, palabras más palabras que lanzas al viento
Aquí está mi destino para hablarte, para hablarte como la primera vez
De nuevo esas palabras, siempre palabras, las mismas palabras
Tú eres mi sueño prohibido
Sí, falsas
Mi único tormento y mi única esperanza
Nada te detiene una vez que empiezas. Si sólo supieras cuánto espero por un poco de silencio
Tú eres para mí la única música...
que hace a las estrellas bailar en las dunas
Caramelos, bombones y chocolates
Si no existieras, te inventaría
Gracias, no para mí
Pero puedes ofrecérselos a alguien más
que ame el viento y el aroma a rosas. Para mí, las tiernas palabras envueltas en dulzura se colocan en mi boca, pero no en mi corazón
De nuevo una palabra, solo una palabra
Palabras, palabras, palabras
Escúchame
Palabras, palabras, palabras
Qué hermosa eres!
Palabras, palabras, palabras, palabras más palabras que lanzas al viento.
7.15.2008
La noche de mi mal
Sí, se escuchan los ecos de tus palabras
por eso que decías
tanto pude quererte
tan a mí manera...
por eso que decías
tanto pude quererte
tan a mí manera...

"No quiero ni volver a oír tu nombre,
no quiero ni saber adónde vas".
Así me lo dijiste aquella noche,
aquella negra noche de mi mal.
Si yo te hubiera dicho "¡No te vayas!",
¡qué triste me esperaba el porvenir!
Si yo te hubiera dicho "¡No me dejes!",
mi propio corazón se iba a reír.
Por eso fue que me viste tan tranquilo,
caminar serenamente bajo un cielo más que azul;
después, ya ves, caminé hasta donde pude,
terminé llorando a mares donde no me vieras tú.
7.10.2008
7.08.2008
Un pacto
Si hoy te tuviera aquí cuando hago esta canción, me sentiría raro...
Un pacto para vivir: odiándonos sol a sol; revolviendo más en los restos de un amor con un camino recto a la desesperación. Desenlace en un cuento de terror.
Seis años así, escapando a un mismo lugar con mi fantasía; buscando otro cuerpo, otra voz, fui consumiendo infiernos para salir de vos. Intoxicado, loco y sin humor.
El poder siempre mata. Si para tenerte aquí habría que maltratarte... no puedo hacerlo, sos mi dios; te veo, me sonrojo y tiemblo. Qué idiota te hace el amor. Y hoy quiero darle rienda a esta superstición.
Un pacto para vivir.
Seis años así, escapando a un mismo lugar con mi fantasía; buscando otro cuerpo, otra voz, fui consumiendo infiernos para salir de vos. Intoxicado, loco y sin humor.
El poder siempre mata. Si para tenerte aquí habría que maltratarte... no puedo hacerlo, sos mi dios; te veo, me sonrojo y tiemblo. Qué idiota te hace el amor. Y hoy quiero darle rienda a esta superstición.
Un pacto para vivir.
6.25.2008
El antifaz

El antifaz que tu maldad cubría
Cayó para exhibirte tal como eres
Yo te creí distinta a otras mujeres
Y fui feliz pensando que eras mía
Pero aquel antifaz que por fortuna
No fuera un antifaz de terciopelo
Al descorrer de tu existencia el velo
Me mostró tus infamias, una a una
Oh, divino antifaz,
oh, mi mejor amigo
Tu que fuiste testigo
de su vida falaz
No vuelvas a cubrir
otro rostro divino
Que nos brinde el destino
para hacernos sufrir
¿Matarte? ¿para que? No soy tan necio
¿Maldecirte? Tampoco
¿Quién pretende lanzar su maldición a la que ofende?
Cuando no se merece ni el desprecio
Tu seguirás tu vida, yo la mía
Sufriendo parecidos desengaños
Y quizás con el paso de los años
Vuelva a encontrarte en mi camino un día
Y si llegaras a mí como las pordioseras,
Te daré lo que quieras
Porque yo prometí al divino antifaz que llevabas contigo
Socorrer al mendigo sin mirar hacia atrás.
Cayó para exhibirte tal como eres
Yo te creí distinta a otras mujeres
Y fui feliz pensando que eras mía
Pero aquel antifaz que por fortuna
No fuera un antifaz de terciopelo
Al descorrer de tu existencia el velo
Me mostró tus infamias, una a una
Oh, divino antifaz,
oh, mi mejor amigo
Tu que fuiste testigo
de su vida falaz
No vuelvas a cubrir
otro rostro divino
Que nos brinde el destino
para hacernos sufrir
¿Matarte? ¿para que? No soy tan necio
¿Maldecirte? Tampoco
¿Quién pretende lanzar su maldición a la que ofende?
Cuando no se merece ni el desprecio
Tu seguirás tu vida, yo la mía
Sufriendo parecidos desengaños
Y quizás con el paso de los años
Vuelva a encontrarte en mi camino un día
Y si llegaras a mí como las pordioseras,
Te daré lo que quieras
Porque yo prometí al divino antifaz que llevabas contigo
Socorrer al mendigo sin mirar hacia atrás.
La mejor canción

Por: Daniel Zavala
Silencio. Eso y la calma de mirar que todo pasa frente a tus ojos y no haces nada. Solo eso te acompaña, cuando juegas a ser ese personaje que como la hoja vuela ante el viento, y se alinea como parte de él, de un todo sigilosamente calculado y frío; no es más que tu cuerpo viajando a voluntad del eco de las voces que susurran a tu oido, que has creído, por miedo a no escuchar los ruidos de allá afuera y que te invitan a bajar los brazos, a dejar atrás ese escudo de ingenuidad tan práctica y cómoda que te ha acompañado. Y esa voz que emanas es tan débil que se diluye en el devenir de un caos, de un constante movimiento, porque has permanecido estático, esperando un no-sé-qué, dejando que el tiempo se lleve toda mínima muestra de esfuerzo que has puesto, que arrase con tu verdadero valor y te coloque en un rinconcito, allá donde nadie te recuerda. Y te conozco, porque tus ojos me han tratado de decir en cientos de formas diferentes que no mereces esto. ¿Y qué más estás esperando? ¿A que todo a tu al rededor se detenga durante ese momento en el que imploras un escucha? ¡Vuelve tu atención a los años del perdón y del olvido! Cede un espacio a las horas que te vieron soportar pacientemente el vacío de una existencia sin dirección, a los caminos que te vieron recorrer las subidas y bajadas, a tus ojos cansados de injusticia, a tu boca sedienta de paz, a tus manos, a tus brazos, entregados y rechazados. Vuelve tu atención a esa canción que dejó alivio con su suave calor humano, que apartó el frío de años de desilusión provocados por esperar pacientemente a que el cielo deje de llover y el sol deje de quemar; a que el amor deje de doler y la vida no sea más que soportar. Recuérdate cuando ansiabas cantar con tu propia voz, sin estar a la sombra de un oscuro pasado; conviértete en viento, y que tu soplo mueva y rompa la calma, que suene en un alma el eco de tu dolor; revívete como parte de la escena del fracaso y ahí derrotado en el suelo, con las rodillas raspadas de tanto implorar, con los ojos hartos de hipocresía y tus manos labradas por la soledad, recorre tu vida en un segundo; que tu voz irrumpa en un instante esa máquina incansable que es la cotidiana vida... ¡grita! ¡Y que tu grito cante tu mejor canción!
6.24.2008
Puerto de Santa Cruz
6.22.2008
Amor ciego
6.15.2008
India Song

Canto,
sin saber lo que digo
tal vez te hablaré de ella
que nunca conocí
Y así
en mis palabras locas
tal vez te hablaré de ella
revivirá en mi voz
Tal vez te hablaré de ella
de ese fuego que ardió
de su piel, de tu piel
del amor volcán
del amor carbón
Canto,
desde tierras lejanas
tal vez te hablaré de ella
que nunca me oirá
Tal vez te hablaré de ella
la estela que dejó
de noches y de tedio
del amor carmín
del amor azul
Canto,
sin saber lo que digo
tal vez te hablaré de ella
que nunca conocí
que nunca conocí...
de ese fuego que ardió
de su piel, de tu piel
del amor volcán
del amor carbón
Canto,
desde tierras lejanas
tal vez te hablaré de ella
que nunca me oirá
Tal vez te hablaré de ella
la estela que dejó
de noches y de tedio
del amor carmín
del amor azul
Canto,
sin saber lo que digo
tal vez te hablaré de ella
que nunca conocí
que nunca conocí...
6.10.2008
5.30.2008
Margarita
♫ Y si los años me dan la razón
tú al final ya verás
en ese espejo ya
roto y marcado los años
que no volverán... ♫

Por: Daniel Zavala
Un paso tras otro, al ritmo de un lento pero enérgico caminar. Imposible separar mis ojos de ese vestido azul, terso, lleno de brillo y de movimientos suaves, ceñido a la escultura ambivalente que es tu cuerpo. Es el resultado de la magia misma que cobra vida en el vaivén de tus brazos, marcando líneas en el viento y haciendo burla de las leyes del destino. No dibujas más que tristeza, más que sufrimiento, porque ese cuerpo es el trabajo continuo de nadar contra corriente utilizando tu única arma, tus delicadas manos que van borrando con caricias los golpes sin sentido que de este mundo has recibido.
Me siento en ese rincón, a pensar qué tan difícil debe ser vestirse de mujer, eso siempre y cuando haya lugar, así como en los días de escuela. No elegía otro lugar que no fuera el de hasta atrás; y llevé esa larga costumbre hasta en el transporte, en las juntas, en las fiestas y los conciertos. Pero aprendí que el de atrás en su ridículo afán de pasar desapercibido no puede sacar de su mente la idea de ser descubierto, de explotar con ansias y vomitar lo que lleva guardando, sólo espera la llave que abra esa puerta encadenada de su propia vida, que alguien le enseñe a abrirla.
Naturalmente no me reconoces, aunque yo sé perfectamente qué noches sales a cantar. Aunque no es tu voz, yo miro tus ojos bien de cerca cuando te aproximas a coquetear. Eso no me sorprende, no tanto como reconocer la ira, la desesperanza, el anhelo y la soledad que tus ojos, perfectamente maquillados, gritan en cada nota.
Seguro nadie más lo nota, pues me he dado cuenta cómo los ahí presentes cantan a grito pelado, seguro recordando a ese amor que les rompió el corazón. Y entonces dejas de ser el espectáculo, dejas de ser una vestida, para ser la imagen de la canción. Y sé también que poco te ha de importar, pues tú también estás pensando en aquél. Eso ni hace falta preguntarlo, tu repertorio lo dice todo. Pero es esa sensación la que me tiene enajenado, a merced de tus movimientos, de lo que tu cuerpo me platica como diciendo "sí, no te hagas, a ti te estoy hablando".
Ni siquiera me he atrevido a dirigirte una palabra. Tu simple mirada me hace chiquito-chiquito. Allá afuera soy inquebrantable, aquí adentro soy tu esclavo.
Me enteré que te dicen Margarita. Como las flores que le gustaban a mamá. O al menos eso me dijo ese mesero, que se ha de saber todas tus historias en ese lugar. Seguro tenías un nombre feo, y ni siquiera me interesa, pero desde que lo supe, comprendí que me llamabas, que no era casualidad haberme embriagado con tu imagen de contraste, que rompe con pesados esquemas basados en la dualidad, en la eterna dicotomía hombre-mujer. Y es que en este mundo el que no es sólo blanco o sólo negro no tiene cabida.
Y te admiro, porque en el camino de lo inalcanzable uno siempre se encuentra con ese espejo que le dice "¡Despierta!... pobre iluso"... nada más contundente, nada más preciso para llevarte por otros caminos que nunca estuvieron en tu plan, pero se convierten sin querer en el motivo de existir.
Porque vas más allá de simples etiquetas y burdas imágenes de la identidad sexual. Simplemente eres lo que quieres ser, tan agresiva como dócil, dominante y presa, violenta, delicada y libre. Eres como una flor. Pero a las flores hay que respetarlas, no hay que arrancarlas ni mucho menos regalarlas, pues solo una cosa útil tienen para el hombre: la belleza. Y para admirarla hay que guardar distancia, dejarla así tal como está sin moverla ni pretender poseerla, pues solo está ahí para que uno la contemple. Por eso me ves ahí, sentado sin decir palabra alguna, sin faltar al respeto a tu belleza. Como al amor cuando se atrapa y se encadena solo pierde su esencia. Eso aprendí, nadie me enseñó.
5.28.2008
5.19.2008
Soy infeliz
Soy infelizporque sé que no me quieres
para qué más insistir
Vive feliz
si el amor que tú me diste
para siempre resentí
Vive feliz
en tu mundo de ilusiones
no pienses más
en tu amor y tus traiciones
Soy infeliz
si porque tú no me quieres
piensas que yo he de morir
Que me sirvan otro trago
cantinero, yo los pago!
pa' calmar este sufrir
Lo que venga después
Vete rápido y deja que la soledad me ayude a acomodar los instantes, esos momentos y lugares por los que he pasado, hasta que las palabras puedan encontrar el lugar en donde se han de guardar, lejos de las intenciones y lejos de ti. Sigo caminando porque puede ser que nada me sorprenda más que lo que venga después...
3avala
Aquí queda todo lo que fui
aquí empieza todo lo que soy
cuéntame cómo era yo
que yo ya no me acuerdo
Aquí es lo único que tengo
y lo único que quiero
de aquel lugar de donde vengo
no, no, no, no... ya no recuerdo
Y lo que venga después
así será y no le temo
Y lo que quede será
siempre más...
No me falta nada más
ni nada me va sobrando
Está aquí lo único que tengo
y es todo lo que quiero
Aquí queda lo que fui
aquí empieza lo que soy
dime cómo era yo
que yo ya no recuerdo
ya no recuerdo...
5.18.2008
Lo que pasó, pasó

Tu dices que me amas
pero ya no te quiero
qué me importa el regreso
cuando ya no te espero
Si un día entre nosotros
hubo fuego y pasión
hoy no quedan cenizas
ni recuerdos de amor
Tú eres sólo el pasado
perdido en mi memoria
la hoja que arranqué
por siempre de mi historia
Lo que pasó, pasó
y no tiene remedio
yo una vez te estorbé
hoy me quito del medio
pero ya no te quiero
qué me importa el regreso
cuando ya no te espero
Si un día entre nosotros
hubo fuego y pasión
hoy no quedan cenizas
ni recuerdos de amor
Tú eres sólo el pasado
perdido en mi memoria
la hoja que arranqué
por siempre de mi historia
Lo que pasó, pasó
y no tiene remedio
yo una vez te estorbé
hoy me quito del medio
Lo Dudo
Lo dudo
que tú llegues a quererme
como yo te quiero a ti
Lo dudo
que halles un amor más puro
como el que tienes en mí
Hallarás mil aventuras sin amor
pero al final de todas
sólo tendrás dolor
Te darán de los placeres frenesí
mas no ilusión sincera como la que te di
5.15.2008
Sin fe y sin religión
...Y ahora
que sin tu amor voy solo por el mundo
como un errante vagabundo
sin ti, sin fe y sin religión
Quisiera
que dios me quite la existencia
pues sin tu amor estoy perdiendo
a cada paso la razón
5.11.2008
La meta de mi viaje

Y he encontrado el camino y la alegría
de tu fuerza y de tu melancolía
de tu imagen, de tu instante...
Y he aprendido a entregarme como tú
arriesgando todo y más aun
he aprendido tu coraje
Y he entedido tus típicas manías
que ahora son para mí tu gran virtud
pues la meta de mi viaje eres tú
Y he aprendido a saber en quién confiar
en la vida yo sigo sin dudar
mi camino en este viaje
por ti
junto a ti...
Me despierto en casa cada día
pienso en cuando ayer no te tenía
y también en qué podría hacer
para darte el tiempo que se fue
Dignificada

Que todo lo que me pasa no me lo puedo creer
canto, tú y la mentira y los cholos me ven
si lo quiero o no quiero, es mi gusto querer
De tu carne a mi carne, dame taco de res
los prefiero y los quiero al que me dé de comer
ya probé el que es ajeno, a ese pa' qué lo quiero!
que la voluntad del cielo me mande al primero
que me quiera como soy, a ese sí que lo quiero
a ese sí que lo quiero
a ese sí que lo quiero...
5.10.2008
Ave Negra
Si piensas que por tu ausencia me estoy muriendo
piensas mal porque piensas que vivo triste
piensas mal porque piensas que estoy llorando
te equivocas, traidora, vivo cantando
y de nuevo dichoso porque te fuiste
Los amores traidores no me hacen daño
mi corazón de mármol es insensible
huye cual avve negra del desengaño
porque tengo experiencia de muchos años
y jamás me enamoro de lo imposible
Y no sigas pensando que vivo triste
ya que pude apartarte de mi memoria
y no sigas pensando que estoy llorando
desde que con tu ausencia tal me ofendiste
no pude haberte amado, cierra esa historia
5.02.2008
Yuyo verde
Déjame que llore crudamente
con el llanto viejo adiós.
Donde el callejón se pierde
brotó ese yuyo verde
del perdón.
Déjame que llore y te recuerde
-trenzas que me anudan al portón-
De tu país ya no se vuelve
ni con el yuyo verde
del perdón.
¿Dónde estás? ¿Dónde estás?
¿A dónde te has ido?
¿Dónde están las plumas de mi nido,
la emoción de haber vivido
y aquel cariño?
Un farol, un portón
-igual que un tango-
y este llanto mío entre mis manos
y ese cielo de verano
que partió.
con el llanto viejo adiós.
Donde el callejón se pierde
brotó ese yuyo verde
del perdón.
Déjame que llore y te recuerde
-trenzas que me anudan al portón-
De tu país ya no se vuelve
ni con el yuyo verde
del perdón.
¿Dónde estás? ¿Dónde estás?
¿A dónde te has ido?
¿Dónde están las plumas de mi nido,
la emoción de haber vivido
y aquel cariño?
Un farol, un portón
-igual que un tango-
y este llanto mío entre mis manos
y ese cielo de verano
que partió.
5.01.2008
Periódico de ayer
¿Y para qué leer un periódico de ayer?


Tu amor es un periódico de ayer
que nadie más procura ya leer
sensacional cuando salió en la madrugada
a medio día, ya noticia confirmada
y en la tarde, materia olvidada
Tu amor es un periódico de ayer
fue titular que alcanzó página entera
por eso ya te conocen dondequiera
tú nombre ha sido un recorte que guardé
y en el álbum del olvido lo pegué
Oye! Noticia que todos saben
ya yo no quiero leer!
¿Para qué voy a leer la historia
de un amor que no puedo ni creer?
En el álbum de mi vida
en una página escondida
ahí te encontré
¿Qué te pasa, estás llorando?
tienes alma de papel
y como el papel aguanta todo
así mismo yo te traté
Analízate tu historia
y así podrás comprender...
que nadie más procura ya leer
sensacional cuando salió en la madrugada
a medio día, ya noticia confirmada
y en la tarde, materia olvidada
Tu amor es un periódico de ayer
fue titular que alcanzó página entera
por eso ya te conocen dondequiera
tú nombre ha sido un recorte que guardé
y en el álbum del olvido lo pegué
Oye! Noticia que todos saben
ya yo no quiero leer!
¿Para qué voy a leer la historia
de un amor que no puedo ni creer?
En el álbum de mi vida
en una página escondida
ahí te encontré
¿Qué te pasa, estás llorando?
tienes alma de papel
y como el papel aguanta todo
así mismo yo te traté
Analízate tu historia
y así podrás comprender...
4.29.2008
Mi niño
Mi corazón te cantaesta canción, mi niño
para arrullar tu sueño
ahora que estás dormido
Cómo dolió el que te hayas ido
cómo dolió no despedirnos
cómo me duele la impotencia
de querer calmar el llanto por tu ausencia
Y ahora que estás con ella
y junto a dios mi vida
se que eres muy feliz
y eso, me alivia.
Asumirse a través de los años es dejar atrás lo que atrás pasó
no olvidar, para no dejar de crecer.
Zavala
no olvidar, para no dejar de crecer.
Zavala
4.18.2008
La cadena
Ya es tarde y quiero llegar a casa. Sé que ahí estaré solito, nada más por eso me espero otros cinco minutos. Prefiero que me acaricie otro ratito esa luz de esperanza, de volverte a ver. Ya con este son cuatro días que no te apareces y no sé bien por qué. O tal vez sí lo sé, pero no soy tan sensato ni tan realista. Vivo de ilusiones, ese es mi trabajo. No como el otro, del que llego cansado, eso es solo una ocupación, mi vida entera está dedicada a las ilusiones. Para el hombre común eso solo puede traducirse en dos cosas: o eres un pobre diablo o un pendejo. En cualquier caso no me entiendo bien con esos que se hacen llamar "humanos", y mucho menos con su egoísmo tan perfectamente maquillado.
El jueves te traje galletas, las compré para ti. Hoy domingo siguen ahí guardadas, no las comí, son para ti. Y pensé en cuánto te gustaría que jugáramos aunque ya fuera tarde. Vino a mi mente la escena de nuestro encuentro, los dos estábamos solos y con hambre. Para ti la vida debe ser más sencilla, sólo preocuparte por comer y encontrar un lugar seguro, lejos de peligros y de los autos que gustan atropellar a seres como tú. Ahí estabas, solito, husmeando en las bancas del parque, yo sentado como pensando en lo abrumador de mi existir. Claro! también como tú necesito comer, aunque eso no me entusiasme. Ahí dejé mi torta, en el suelo, para que la comieras, tú la necesitabas más que yo. Ni siquiera vi si comiste, el trabajo espera.
Esperar es todo un reto, no cualquiera lo soporta. Sólo cuando hay un motivo realmente pesado y tu equilibrio depende de ello. Y ahí estabas esperándome al otro día. Imaginé que tus ojos me pedían más, más comida. Ah, qué más da, ahí la tienes! No soporto la idea de ser egoísta cuando sé que puedo dar. Y ni siquiera espero gratitud, no comprenderías esos conceptos.
Cada día estabas ahí, esperándome. Abrí los ojos a nuestra necesidad mutua. Tú comida, yo compañía. Dúo perfecto. Despertar cinco minutos antes no me pesaban para nada, y me permitían pensar en qué tan borroso es eso que los demás llaman futuro. Tú comías, claro, y te quedabas junto a mí. Fueron más de 30 veces las que repetimos la escena. Ya no solo me esperabas, sino me acompañabas y caminábamos juntos hasta donde los obstáculos urbanos nos separaban. Te hubiera llevado, hasta donde fuera, a ninguna parte, pero no soy más que un pobre diablo, ya lo sabes, ante los demás. Creo que comencé a pensar que me necesitabas y yo a ti. Sentir eso en cualquier expresión es simplemente la razón para existir. Simple.
Cada día era algo nuevo, no sólo ya te llevaba comida diferente. Corrías, y parecías gritar, me hacías recordar lo fácil que es sonreír por cosas tan sencillas. Verte en las noches esperándome bajando el camión me conmovió. Te llevé un trapo, no soportaría verte temblar de frío mientras duermes. Sé que mientras yo me ocupaba en mi rutinaria labor buscabas comida, más comida. Incluso te curé, sabía que te habían atacado. Perdí la cabeza, no sé por qué esa sensación de ser necesario me dominó. Comprendía que te molestaban ciertas cosas, e incluso perdoné tus ataques. Ni siquiera me importaba tu desagradable olor, ni que te me encimaras lleno de basura. Puro instinto, nada intencional.
Comenzaste a faltar, a hacerme falta. Ya no te vi, y temí por tu bien. Tal vez era la culpa, tal vez mi egoísmo de tenerte ahí, de sentirme importante, necesario. Soy humano, recuerda, egoísta. Pero no dejé de esperarte, confié en que volverías. Al final tú me necesitabas más. Sé que no comprenderías que me alimentabas el corazón. Cómo imaginarlo! es una locura!
Ya van más de 20 minutos, regreso a casa. Te vi ayer. Creo que es hora de aceptarlo. Te vi paseando. Tantas cosas te di que nunca pensé en lo más importante. Sólo una cadena, con la que una señora te llevaba paseándote. Sólo una cadena. La vida para ti es simple, sólo buscar comida y un lugar seguro. No compañía. Y pensar que me necesitabas se me hizo una idea tan ridícula. Qué fácil hubiera sido tenerte a mi lado. Demasiado tarde. Qué tonto fui, sólo necesitabas una cadena.
El jueves te traje galletas, las compré para ti. Hoy domingo siguen ahí guardadas, no las comí, son para ti. Y pensé en cuánto te gustaría que jugáramos aunque ya fuera tarde. Vino a mi mente la escena de nuestro encuentro, los dos estábamos solos y con hambre. Para ti la vida debe ser más sencilla, sólo preocuparte por comer y encontrar un lugar seguro, lejos de peligros y de los autos que gustan atropellar a seres como tú. Ahí estabas, solito, husmeando en las bancas del parque, yo sentado como pensando en lo abrumador de mi existir. Claro! también como tú necesito comer, aunque eso no me entusiasme. Ahí dejé mi torta, en el suelo, para que la comieras, tú la necesitabas más que yo. Ni siquiera vi si comiste, el trabajo espera.
Esperar es todo un reto, no cualquiera lo soporta. Sólo cuando hay un motivo realmente pesado y tu equilibrio depende de ello. Y ahí estabas esperándome al otro día. Imaginé que tus ojos me pedían más, más comida. Ah, qué más da, ahí la tienes! No soporto la idea de ser egoísta cuando sé que puedo dar. Y ni siquiera espero gratitud, no comprenderías esos conceptos.
Cada día estabas ahí, esperándome. Abrí los ojos a nuestra necesidad mutua. Tú comida, yo compañía. Dúo perfecto. Despertar cinco minutos antes no me pesaban para nada, y me permitían pensar en qué tan borroso es eso que los demás llaman futuro. Tú comías, claro, y te quedabas junto a mí. Fueron más de 30 veces las que repetimos la escena. Ya no solo me esperabas, sino me acompañabas y caminábamos juntos hasta donde los obstáculos urbanos nos separaban. Te hubiera llevado, hasta donde fuera, a ninguna parte, pero no soy más que un pobre diablo, ya lo sabes, ante los demás. Creo que comencé a pensar que me necesitabas y yo a ti. Sentir eso en cualquier expresión es simplemente la razón para existir. Simple.
Cada día era algo nuevo, no sólo ya te llevaba comida diferente. Corrías, y parecías gritar, me hacías recordar lo fácil que es sonreír por cosas tan sencillas. Verte en las noches esperándome bajando el camión me conmovió. Te llevé un trapo, no soportaría verte temblar de frío mientras duermes. Sé que mientras yo me ocupaba en mi rutinaria labor buscabas comida, más comida. Incluso te curé, sabía que te habían atacado. Perdí la cabeza, no sé por qué esa sensación de ser necesario me dominó. Comprendía que te molestaban ciertas cosas, e incluso perdoné tus ataques. Ni siquiera me importaba tu desagradable olor, ni que te me encimaras lleno de basura. Puro instinto, nada intencional.
Comenzaste a faltar, a hacerme falta. Ya no te vi, y temí por tu bien. Tal vez era la culpa, tal vez mi egoísmo de tenerte ahí, de sentirme importante, necesario. Soy humano, recuerda, egoísta. Pero no dejé de esperarte, confié en que volverías. Al final tú me necesitabas más. Sé que no comprenderías que me alimentabas el corazón. Cómo imaginarlo! es una locura!
Ya van más de 20 minutos, regreso a casa. Te vi ayer. Creo que es hora de aceptarlo. Te vi paseando. Tantas cosas te di que nunca pensé en lo más importante. Sólo una cadena, con la que una señora te llevaba paseándote. Sólo una cadena. La vida para ti es simple, sólo buscar comida y un lugar seguro. No compañía. Y pensar que me necesitabas se me hizo una idea tan ridícula. Qué fácil hubiera sido tenerte a mi lado. Demasiado tarde. Qué tonto fui, sólo necesitabas una cadena.
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